Por Adiel Martínez Hernández


Ante los casos de violencia de género, feminicidio, trata de personas e intentos de secuestro de mujeres, la opción no es el separatismo ni los toques de queda, sino un cambio cultural gradual.



La “guerra de los sexos” es una representación social que sigue imperando en el imaginario de muchas personas. Como evidencia ideológica se corrobora en el debate público que se establece entre quienes mantienen una visión tradicional de las relaciones de género y aquellos que anteponen una mirada crítica influida por el feminismo que busca cambiar dichas dinámicas para lograr la equidad.

En estos días, los casos de la violencia de género, el feminicidio, la trata de personas y los intentos de secuestro de mujeres en distintas zonas de la Ciudad de México y otros estados de la República, hacen que tanto un grupo como otro encuentren argumentos para proponer un separatismo radical entre hombres y mujeres. Al acusarse mutuamente, se construyen en ambos lados imágenes estereotipadas que traban el intento de alcanzar nuevas dinámicas tanto afectivas como productoras y reproductivas en un entorno de equidad.

Los de la visión tradicional sostienen que las libertades ganadas por el feminismo son la causa de las agresiones hacia muchas de estas mujeres. Esto le sirve para proponer como solución la vuelta a las viejas relaciones de control y dominación del género femenino por parte del masculino. En ese sentido hay quienes se han atrevido a proponer toques de queda para las mujeres. Era obvio que esta anacrónica idea iba a provocar tanto revuelo en los movimientos feministas.

Por su parte, los colectivos de mujeres proponen una solución radical para atacar la violencia machista que consiste en armarse y pelear como si de una verdadera guerra se tratase. Adoptar esta medida refuerza el argumento de que es imposible una relación equitativa entre mujeres y hombres pues éstos siempre serán una amenaza. En consecuencia el separatismo de género se afianza como una opción.

Entiendo que en el tipo de sociedad en la que estamos, es una exigencia tanto para hombres como para mujeres tomar medidas de seguridad para evitar ser víctimas de la violencia. Proponer medidas tan radicales no es la manera más inmediata para solucionar un problema tan complejo. Separarnos todavía más a partir de mirarnos como enemigos en una contienda irresoluble nos llevará a una crisis que estanque la posibilidad de salir de ella.

Mujeres y hombres debemos cambiar el significado de nuestras condiciones de género. No hay en nuestra naturaleza una determinante para que el hombre sea el victimario y la mujer la víctima o el predador y la presa. Un cambio cultural gradual nos permitirá vivir juntos, en equidad.