Foto: Dulce Miranda/MujeresNet

Por María Esther Espinosa Calderón y María del Socorro Martínez Cervantes

 


El acto de parir sigue estando acompañado de la violencia obstétrica, por eso es necesario recuperar el saber y la participación de las mujeres en su proceso de parto, así como restaurar el ejercicio de sus derechos.



Dalia de Valdivia llegó con contracciones al Centro de Salud de Magdalena de Kino, en Sonora, un 11 de febrero que nunca olvidará por tantos gritos contenidos que nadie escuchó. No la atendieron sencillamente porque no había cupo. La clínica estaba sobreocupada y no había lugar para ella. Dio a luz a su hija en el auto de su marido, sin tiempo para buscar otro hospital, pero al ver que la niña presentaba problemas para respirar, regresaron al centro de salud para toparse con otra limitante: ante la carencia de incubadoras, le acondicionaron a la recién nacida un garrafón de agua debido al cuadro de bronquitis que presentaba. El hecho insólito conmovió a la comunidad cuando la noticia se hizo viral en redes sociales.

Nohemí Hernández, la abuela de la bebé, grabó la escena con su celular impactada por la medida del centro hospitalario y relató la adversidad desde que su nuera fue rechazada del nosocomio: en el auto se le reventó la fuente y al darse cuenta que no alcanzarían a llegar a ninguna parte, su hijo optó por apagar el carro y recibir él mismo a su pequeña.

El caso de Dalia es uno entre muchos, que se presentan en el país, de mujeres que llegan al centro de salud con labor de parto y son rechazadas por no haber camas ni infraestructura para atenderlas. Se documentan por cientos las historias de mujeres que han parido en los pasillos, en los baños o en los jardines dentro y fuera de los hospitales sin recibir la debida atención. Mujeres pobres, sin recursos, que confían en el Seguro Popular, el elefante blanco tan alardeado en el sexenio de Peña Nieto y que será sustituido por el presidente Andrés Manuel López Obrador por un sistema de salud pública que garantice atención médica de calidad y medicamentos gratuitos.

Mientras esto sucede, seguirán pasando casos como este. Gracias a la suegra de Dalia que utilizó las redes sociales se dio a conocer que un botellón de agua fue acondicionado como incubadora. Por fortuna la improvisación funcionó y tanto la madre como su hija superaron el peligro.

La mayor parte de los casos de las mujeres que tienen que parir en esas condiciones: en el Metro, en el taxi, en la calle, solas o con la ayuda de un familiar o alguna persona desconocida como un ruletero, policía o cualquier transeúnte, se enfrenta al azar de las circunstancias y la inexperiencia.

Parir es esencialmente un acto violento, dígase lo que se diga de la sublimación del fenómeno de generar vida…

Hay mujeres que recorren kilómetros a pie o en cualquier medio de transporte a su alcance para poder llegar al centro de salud más cercano a su población, otras dan a luz en su casa y sin  ayuda ni de la partera del pueblo. Muchas paren en hospitales pequeños mal equipados, otro tanto en el sector salud y las menos en nosocomios de lujo, pero aun así, no están ajenas a eventos inesperados que ponen en peligro la vida de la madre y del hijo o hija.

Hay casos increíbles como el de Inés Ramírez, campesina indígena de Oaxaca, que al saberse a 80 kilómetros de distancia de la comadrona más cercana, con la nula ayuda de su marido que se encontraba bebiendo en la cantina mientras ella llevaba varias horas de trabajo de parto, desesperada tomó un cuchillo de la cocina y se abrió el abdomen para intentar sacar a su hijo. “Después de auto-operarse por espacio de una hora consiguió llegar al útero y extraer a su bebé”.[1]

Fue afortunada, sin tener conocimientos de medicina, se colocó en la posición correcta para no comprometer los intestinos y llegar al útero, luego de cortar el cordón umbilical con una tijeras, se desmayó, cuando recobró el conocimiento se envolvió el abdomen y mandó a su hijo de seis años por ayuda. Horas más tarde llegó el médico del pueblo, quien suturó la incisión de 17 cm de largo.  El suceso ocurrió el 5 de marzo de 2000, cuando fue llevada al hospital más cercano donde dos obstetras la examinaron y sorprendentemente la encontraron en perfectas condiciones al igual que a su bebé.

Las horas que anteceden al parto son las más difíciles en la vida de las mujeres: nerviosismo, dolores, miedo, dudas y si a esto se le agrega la violencia obstétrica ¿quién podría decir que el proceso de alumbramiento es lo más maravilloso del mundo? Parir es esencialmente un acto violento, dígase lo que se diga de la sublimación del fenómeno de generar vida, que cada mujer enfrenta en la solitud  de su ser y de los condicionamientos culturales que ha adquirido sobre la maternidad, los cuales no suelen coincidir con la dura realidad de  “no grites”, “cállate” y “puja”.

De acuerdo con el Grupo de Información en Reproducción Elegida (GIRE), la violencia obstétrica es “un tipo de violencia que se genera en los servicios de salud públicos o privados que consiste en cualquier acción u omisión por parte del personal de salud que cause daño físico o psicológico a la mujer durante el embarazo, parto o posparto. Esta violencia puede expresarse en la falta de acceso a servicios de salud reproductiva, en tratos crueles, inhumanos o degradantes por parte del personal de salud, en el abuso de medicalización, menoscabando la capacidad de decidir de manera libre e informada sobre dichos procesos reproductivos”.[2]

“Las mujeres tienen derecho de decidir cómo parir”, así se titula un reportaje que se publicó en el suplemento La Triple Jornada en julio de 2004 que, a pesar del tiempo sigue vigente, por lo que transcribimos algunos párrafos.

“El rostro se le ilumina, sus ojos brillan al platicar cómo fueron sus embarazos y sus partos. Verónica Herrera le da gracias a la vida al haber parido ‘como las diosas’ y como lo deberíamos hacer todas las mujeres: verticalmente. Se preparó para el momento y llegó con un médico que le respetó su derecho de elegir cómo tener a sus hijas (aunque la segunda nació en la camioneta afuera del hospital), las tuvo sin necesidad de anestesia, mucho menos de episiotomía[3]. Él no le gritó ‘¡cállate  y puja!’, como le hicieron a María de Jesús.

“Historias hay muchas y con diferente final; algunas hablan de lo bien que les fue en el Sector Salud, otras del mal trato que recibieron. Silvia Espinosa recuerda: ‘Como no grité y me aguantaba los dolores, los doctores y enfermeras me trataron muy bien, pero a la señora que estaba a mi lado no, la callaban, le decían que mejor pujara, que no desperdiciara sus energías’”[4]. Ellos escuchaban música en la radio y bromeaban entre sí, se trataba de un simple parto “natural”, común, usual, cotidiano y frecuente, pero no por ello, menos doloroso, traumático y trascendental en las emociones de cualquier mujer.

Hay de todo. No obstante, para tener un embarazo y parto como una desea es necesario contar con información (y con recursos económicos para sustituir el alumbramiento natural por una cesárea u otra técnica de parto en el caso de las clínicas privadas), para decidir cuál procedimiento es el más adecuado. Los costos van desde cinco mil hasta 60 mil pesos siempre y cuando no existan complicaciones y se goce de buena salud. En las instituciones públicas no se podría llevar a cabo un parto vertical debido a la gran la demanda y a los problemas de infraestructura. En ellas, como en la mayoría de las clínicas privadas, el parto sigue siendo cuestión de los obstetras, no de las mujeres.

Entre las versiones que existen del por qué se institucionalizó que la mujer pariera acostada, se narra que fue decisión del médico francés Mauriceau, en el siglo XVII. Hasta antes de ese momento, los partos se habían realizado con distintas variantes en posición vertical como lo muestran grabados y esculturas de diversas civilizaciones.[5]

“Se han inventado diferentes métodos para ‘facilitar o resolver’ el buen parto, como los fórceps, la anestesia general, primero y luego, la epidural (bloqueo de la cintura hacia abajo) que propició más el uso de la posición horizontal, pues una mujer anestesiada tiene poca movilidad en sus piernas. Después hizo su aparición la episiotomía, que según la Organización Mundial de la Salud (OMS) se utiliza en 90 por ciento de los nacimientos, cuando la recomendación internacional es sólo para cinco por ciento de las parturientas.

“Paradójicamente se ha naturalizado la violencia en el parto al mismo tiempo que el acto de parir dejó de ser un evento natural y se fue medicalizando e incorporando a  la estrategia financiera de los hospitales. Las mujeres ya no paren, se alivian. A mediados del siglo pasado, las experiencias del médico uruguayo Caldeyro Barcia mostraron que caminar durante el periodo de la dilatación mejoraba la calidad de las contracciones, así como acortaba la duración del trabajo de parto, haciendo también más tolerable el dolor”[6].

Ante la evidencia científica de las bondades del parto vertical algunos profesionales de la salud lo están poniendo en práctica nuevamente en nuestro país, a pesar de que son objeto de burla por parte de otros grupos de colegas. Por ejemplo “al doctor Hugo Escárcega le dicen: sigues atendiendo partos como los aztecas, ¿cuándo vas a traer el temazcal? Explica: la verticalidad es una situación que va de acuerdo a la naturaleza, el hecho de parir es una función fisiológica que tienen las mujeres. Estamos regresando a que la mujer procure parir lo más cómoda posible desde la lógica de su fisiología”[7].

A la hora de parir ninguna mujer en su sano juicio tiene la necesidad de acostarse. En un parto vertical, sentada, en una tina de agua, acuclillada, parada, colgada a veces del cuello del marido, la mujer se relaja. Si está acuclillada los diámetros de la pelvis se amplían, es más fácil empujar al bebé, es mucho más fisiológico, mucho más natural, más sencillo, como al defecar, la fuerza de gravedad ayuda.

“De acuerdo con el ginecólogo Escárcega, la horizontalidad es una cuestión de poder: ‘Tú cállate, acuéstate y pújale’. Es como si le pidiéramos a uno de estos médicos o médicas que hiciera lo mismo para evacuar.

“Señala que desafortunadamente son pocos los médicos que aceptan que la mujer asuma una participación activa en el momento de su parto, todos quieren tener el control y eso es un grave error, somos proveedores de salud, de cuidados, esto implica estar al pendiente de las necesidades médicas, anímicas y psíquicas de la mujer que va a parir”[8].

En México se dan los extremos; de la mujer que pare en su casa sin la mínima higiene y asepsia posible, a la pulcritud total y absoluta que inhibe la cooperación de la mujer en muchos hospitales.

“Para la integrante del grupo Ticime (partera en náhuatl), Laura Cao-Romero Alcalá es la mujer quien verdaderamente sabe de su cuerpo, de lo que está sintiendo y necesita; el bebé también sabe mucho aunque no hable. El equipo médico que da cabida a las mujeres durante su parto, que respetan su saber y su derecho a parir, se han venido sensibilizando y están proponiendo un cambio.

“Las y los especialistas de Magni, aseguran que existe poca información, la mujer embarazada desconoce sus derechos, por lo tanto, no los exige, se intimida, cree que no tiene voz ni voto en el proceso, pero el día que las mujeres se pongan en huelga y digan yo quiero tener un parto normal, que no me estén tocando, que no me hagan episiotomía de rutina, otra historia será.

“Los médicos que están a favor de estas formas de parto incentiva a las parejas a tomar cursos de parto psicoprofiláctico con el fin de que conozcan lo que es un embarazo normal, las diferentes etapas del trabajo de parto, las opciones que tienen para el nacimiento, las técnicas para el manejo del dolor, de relajación, de masajes. Una de tantas variantes del manejo del dolor es la inmersión en agua, la paciente puede estar en trabajo de parto dentro de una tina, un jacuzzi con agua caliente, donde se va a relajar y va a tolerar las contracciones con menos estrés y puede decidir que nazca el bebé dentro o fuera del agua.

“Dar a luz en forma vertical para Ana Laura Treviño, fue maravilloso según sus palabras. Ella parió a su segunda hija en su casa, con una partera, cuando vivía en Estados Unidos. Lo que más la sorprendió fue que la partera le dijo que ella venía a Oaxaca a platicar con mujeres que se dedicaban a la partería y de las cuales aprendía mucho”[9].

Hoy por hoy, el debate por develar y erradicar la violencia obstétrica que predomina en los servicios de salud, recuperar el saber y la participación de las mujeres en su proceso de parto, así como  restaurar el ejercicio de sus derechos maternales es una misión de largo plazo que ni las directamente afectadas hemos concientizado física, emocional e intelectualmente para propugnar por construir la maternidad que merecemos.

Fuentes:

[1] www,Wikipedia.org

[2] https://gire.org.mx/violencia-obstetrica/

[3]  Procedimiento quirúrgico que comprende el corte de piel y músculos entre la vagina y el ano para agrandar el canal vaginal.

[4] https://www.jornada.com.mx/2004/07/05/informacion/71_parto.htm

[5] Ver “Parir como diosas”, Triple Jornada, No. 69, 3 de mayo de 2004.

[6] https://www.jornada.com.mx/2004/07/05/informacion/71_parto.htm

[7] ïdem

[8] Ídem

[9] Ídem