Foto: Mariana C. Bertadillo/MujeresNet

Por Josefina Hernández Téllez

 


Sin compromisos, sin asideros, y perecederos, son los tiempos líquidos; este fenómeno de la modernidad en el que además cada fecha se vuelve -comercialmente- un festín, un pretexto para ‘demostrar’ amor o ‘festejar’.



El inicio de año y sus festejos están aquí ya. Comercialmente cada fecha se vuelve un festín, un pretexto para “demostrar” amor o  simplemente por el gusto de “festejar”. Pasada la euforia, donde la fe se confunde con la publicidad, los días nos mueven a la reflexión sobre si  en verdad existe el amor. Y no hablamos del amor romántico o pasional, sino esa fuerza del sentimiento humano más poderoso que nos mueve a la empatía, a la solidaridad, a la compasión, a la generosidad,  a la incondicionalidad y a la amistad.

En el balance y en la información cotidiana del contexto podríamos pensar que el amor es un muerto viviente. La humanidad la conducen seres que lo abaten y lo niegan. Lejos están y nos llevan a pensar que no existe ni vale la pena el compromiso, ni el dar sin recibir, que no valen los altos ideales si no se miden en bienes y dinero. Y estas máximas las reproducimos en todos los ámbitos y niveles. Tiempos líquidos, sin asideros y perecederos dice Zygmunt Bauman, amor líquido en suma. Y justo Amor líquido. Acerca de la fragilidad de los vínculos humanos (2003), es el título de una de las obras de este pensador polaco que cristalizó en esta frase el fenómeno de la modernidad: la vida líquida.

Bauman explica de las relaciones modernas en tiempos modernos o posmodernos:

“…hoy deben amarrar los lazos que prefieran usar como eslabón para ligarse con el resto del mundo humano, basándose exclusivamente en su propio esfuerzo y  con la ayuda de sus propias habilidades y de su propia persistencia. Sueltos deben conectarse… Sin embargo, ninguna clase de conexión que pueda llenar el vacío dejado por los antiguos vínculos ausentes tiene garantía de duración. De todos modos, esa conexión no debe estar bien anudada, para que sea posible desatarla rápidamente cuando las condiciones cambien… algo que en la modernidad líquida seguramente ocurrirá una y otra vez.”

Bajo este panorama vivimos y viven las nuevas generaciones: lo perecedero, lo frágil, la incertidumbre y la fragilidad.

Bajo este panorama vivimos y viven las nuevas generaciones: lo perecedero, lo frágil, la incertidumbre y la fragilidad. ¿Todo es gris? Por no decir negro. ¿Todo está perdido? ¿Nada vale la pena? ¿Estamos condenados? Son las preguntas que surgen en la lectura de esta obra pero las respuestas también llegan descritas y generadas por el problema mismo que nos obnubila con la centralización, la xenofobia y el exacerbado individualismo. Dice el autor como corolario, como pista final que debemos desentrañar y reflexionar a propósito del inicio de un ciclo anual más:

“Aceptar la nueva situación global, y sobre todo enfrentarla con éxito, tomará tiempo, como ha sucedido con todas las transformaciones de la condición humana verdaderamente profundas que implican un antes y un después.

“Como en el caso de todas esas transformaciones, es imposible (y muy poco recomendable) adelantarse a la historia y predecir, y menos aún prediseñar, la forma que adoptará al final y el estado de situación al que eventualmente conducirá. Pero esa confrontación deberá ocurrir, y es probable que sea una de las mayores preocupaciones del nuevo siglo, y llenará gran parte de su historia.

“Este drama se escenificará en dos espacios a la vez: en la escena global y en la local. El desenlace de este montaje en dos escenarios está íntimamente ligado, y depende en definitiva de la conciencia que tengan autores y actores de esa vinculación, y de su habilidad y determinación para contribuir al éxito de lo que sucede en el escenario del otro”.

En suma, la clave es la conciencia y ésta nace de la reflexión, del pensamiento y el conocimiento. Aquí estamos, iniciando un año más y el reto, la meta, la promesa del devenir es reflexionar y buscar buenas respuestas a la vida, inspirándonos en el amor.