Por Elvira Hernández Carballido


En la historia del periodismo las mujeres tenemos un pasado periodístico, un ayer donde el periodismo fue nuestra tribuna para reiterar nuestro deber ser, pero también para delatar quiénes queríamos ser, ya no solamente esposas o madres.



Fue en febrero de 1987 cuando me titulé como licenciada en ciencias de la comunicación por la UNAM. Mi tesis: “La prensa femenina en México durante el siglo XIX”; me dieron Mención Honorífica y toda la cosa. Un tema que ha marcado mi vida por siempre. Por supuesto, ese día lloré gozosa y me abracé con mi madre académica, Florence Toussaint. El jurado estuvo compuesto por ella, Blanca Aguilar, Soledad Robina, Hortensia Moreno e Irma Lombardo.

Siempre cuento la anécdota que durante los cuatro años que estudié en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales nunca absolutamente nadie hizo referencia en alguna clase de la presencia de las mujeres periodistas. Nunca. Sin embargo, algo ya provocaba mi interés en descubrirla.

Así, en las clases de “Desarrollo, Régimen y Estructura de los medios de comunicación masiva en México”, las pocas veces que me atreví a preguntar por la participación femenina en la prensa o en el cine, nunca recibía una respuesta. Pero, en un seminario que llevé con mi querida Florence, ella nos pidió hacer una monografía de un periódico del siglo XIX, asignó a cada estudiante una publicación. Me tocó “El Tiempo” de Victoriano Agüeros. Resignada empecé a buscar datos de ese hombre. De pronto, descubro que colaboró en un semanario que se llamaba “El Correo de las Señoras”. El milagro esperado, nuestras antepasadas sí existían, el nombre me lo indicaba. Pedí permiso para buscarlas y doña Toussaint me dijo: “Es un excelente tema, no hay nada escrito al respecto. Puede ser tu tema de tesis”.

Gozosa me fui a la biblioteca, a buscar ficha por ficha, lo que había registrado con la palabra clave Mujer. Encontré un artículo publicado en 1956 por María del Carmen Ruiz Castañeda sobre la mujer periodista. Ese mismo texto hacía referencia al libro escrito por Fortino Ibarra sobre el periodismo en México, donde él dedicó un tomo completo a las mujeres periodistas. Y ahí estaban sus nombres y el de sus periódicos.

Así descubrí que desde principios del siglo XIX algunas mujeres publicaron poemas y narraciones, firmaban solamente con su nombre. Palpé la pasión de Leona Vicario que publicó una carta en “El Federalista” y con una magnífica argumentación reclamaba sus derechos de heroína de la independencia de 1810 y aseguraba que el amor no era siempre el único móvil de las acciones de las mujeres. Tanto Ibarra como Ruiz Castañeda citaban títulos y nombres femeninos con apellidos, pero no recuperaban contenidos, ni temas ni los géneros periodísticos que ellas empezaron a practicar.

Entonces de 1985 a 1986 todas las mañanas, de lunes a viernes, iba yo a la Hemeroteca Nacional a buscar a mis periodistas. Las primeras semanas enfermé porque yo hojeaba gozosa cada una de sus publicaciones sin ningún cuidado. Me infecté los ojos por el polvito que esos diarios desprendían. Pasé tres días con los ojos vendados y unos lavados infernales a mis pupilas completas. Pero, regresé, para recuperar cuatro semanarios: “Las hijas del Anáhuac”, “El Álbum de la Mujer”, “El Correo de las Señoras” “Violetas del Anáhuac”.

El primero fue fundado en 1874 por las jóvenes de la Escuela de Artes y Oficios para Mujeres, qué emoción leer uno de sus primeros editoriales. Sus palabras iban dirigidas a nosotras, a mí y hasta la fecha, he memorizado cada una de sus frases para repetirlas a mis alumnas:

Todavía no se puede colocar nuestro periódico en el número uno de los otros muchos que honran la prensa mexicana; pero… ¡Quizá más tarde!…¡Tal vez en la decadencia de nuestra vida, se recordará con placer, que unas pobres hijas de México, deseosas del progreso de tu país; no descuidaron (aún a costa de muchos sacrificios) contribuir con sus humildes líneas, para lograr en su patrio suelo, esa regeneración sublime del sexo femenino, que se llama la emancipación  de la mujer! Quizá entonces, este periódico que es hoy un insignificante botón de la corona que ciñe la literatura de nuestra patria, forme una de sus más fragantes flores. Tal vez dentro de algún tiempo, habrá otras jóvenes que, siguiendo nuestro ejemplo, se lancen al difícil camino del periodismo, afrontando todas las espinas que en él se encuentran.

Sí, estábamos en la historia del periodismo, tenemos un pasado periodístico y cada dato que encontraba me llenaba de orgullo, de certezas, de un ayer donde el periodismo fue nuestra tribuna para reiterar nuestro deber ser, pero también para delatar quiénes queríamos ser, ya no solamente esposas o madres, también escritoras, poetas y periodistas.

“El Álbum de la Mujer” (1883-1890), fue otra joya maravillosa que tuve en mis manos, la directora fue una española radicada en México que se llamó Concepción Gimeno. Siempre con un tono de denuncia, ella demostraba que las mujeres de esa época no iban a dejar de ser madres o esposas pero que buscaban descubrirse en otros espejos. No quería los extremos, incluso rechazó rotundamente al personaje de Nora en la obra de teatro Casa de Muñecas: “No podemos romper abruptamente con lo que ha sido nuestra vida porque después ¿Quién seremos?”. Toda su vida intentó responder a esa pregunta, seguramente por eso, al empezar el siglo XX, escribió sobre la necesidad de fundar una universidad para mujeres:

Feminología es la historia del sexo femenino, manifestando la representación que ha tenido en todos los pueblos y épocas, tanto en la religión como en la ley, la poesía, el arte y la vida social. Mientras que una universidad de la mujer permitirá entrañar sus recursos con que contrarrestar las desdichas privadas y el mal ejemplo de una sociedad entera que no siempre ha creído en ella. El feminismo debe ser ya una realidad.

Quizá el más tradicional de esos periódicos fue “El Correo de las Señoras”, sus secciones dedicadas a orientar sobre la manera de lavar o de hacer las compras de la semana, las modas o los bailes, eran las cuestiones que llenaban sus páginas. Sin embargo, tenía una sección donde se discutía la educación de las mujeres y será en este espacio donde escriba una de las periodistas más importantes de la época. Ella escribió:

Lo mismo que se le priva del libro, del telescopio y del botiquín, se le priva de la cámara fotográfica y de la vara de medir, quedándole como representación humana la maternidad, como representación social la subyugación ante el hombre, como elementos de distracción y de trabajo el tocador, la aguja y la cocina. Delante de tal desequilibrio y de tanta usurpación, la mujer mexicana perfecta, hasta donde pueda serlo nuestra raza, será la que tomándose los derechos y los recursos que indebidamente se le niegan, se levante de la inutilidad  en que vegeta, la que sea digna de las altas misiones a que puede hallarse obligada, la que sea capaz de dirigir por sí sola al puerto de salvación la frágil embarcación de su porvenir, la que lo mismo sepa ser esposa que socia; mecer la cuna y educar en la escuela, que formar al adulto conforme a la razón y a la ciencia; la que lo mismo sepa invertir el capital del marido según la profesión u oficio que posea, y  la que, en fin, extendiendo la alegría, la moral y la virtud del hogar a la sociedad entera, lo mismo sepa lucir una cena que asistir a una asociación cultural o cívica. ¿Qué necesita la mujer para llegar a esta perfección? Fuerza de voluntad, valor moral, amor a la instrucción y amor a sí misma y a su sexo para trabajar por él, para rescatarlo de los últimos restos de la esclavitud que por inercia conserva.

Estas palabras fueron escritas por Laureana Wright, mexicana nacida en Taxco, Guerrero, y quien desde muy pequeña demostró que le encantaba escribir, cuestionar, defender a las mujeres y proponer otra forma de ser en esa sociedad del siglo XIX. Fue así como fundó “Violetas del Anáhuac”, de 1887 a 1889, y dio espacio a toda mujer que deseara publicar desde un poema hasta un artículo de denuncia. Su semanario fue un verdadero paraíso para todas ellas, tanto así que ese grupo femenino, ya sin su directora -Laureana murió antes de empezar el siglo XX- siguió difundiendo los textos y compartiendo los ideales de esta gran periodista.

Mientras la mujer se conforme solamente con pasar del hogar paterno al conyugal según la tradicional costumbre, con ser esposa según el destino marcado por la rutina a su sexo, y madre según la naturaleza, sin concebir más deberes que los que no puede eludir, no cesará de ser en todas las demás fases de la existencia concedidas por igual al individuo nacional, la paria del arte, de la ciencia y de la civilización, porque todo encumbramiento tiene que conquistarse por el propio esfuerzo.

Todas vosotras saben por tradición que a nuestras bisabuelas no sólo no se les enseñaba a escribir, sino que se les hacía considerar la escritura como algo ajeno, impropio y perjudicial para su buen nombre. Como ocupación no se les concedía otra que la costura o que los quehaceres domésticos; como distracción la lectura del año cristiano y como paseo las fiestas religiosas. A la mujer entonces se le imponía la ignorancia a la sombra de la opresión.

Han pasado ya tres décadas y yo sigo sintiendo este orgullo al mencionarlas, al volver a citarlas, cuando me invitan a una conferencia a hablar de ellas e incluso cuando cualquier investigadora las recupera o las menciona. Mi tesis titulada “La prensa femenina en México durante el siglo XIX”, con una extensión de 200 páginas, marcó mi vida para siempre. Y sí, como ellas dijeron en otro de sus editoriales, “Aquí estamos”, porque el periodismo también es nuestro oficio, también es nuestra pasión y también estamos y estaremos en su historia.