Por Adiel Martínez Hernández


Este nuevo método anticonceptivo implica entender que los órganos sexuales masculinos no tienen ya más privilegios por encima de los de las mujeres.



No sorprende que en una sociedad con asimetría de género como la nuestra la fertilidad de las mujeres esté sometida a la voluntad de los hombres que dirigen tanto la investigación médica como las farmacéuticas. ¿A qué se debe que existan sólo dos métodos anticonceptivos para los hombres y una veintena para las mujeres? Sostengo que no únicamente participa la hegemonía masculina que subordina a las mujeres en el ámbito reproductivo sino un miedo inconsciente por parte de los hombres a la castración simbólica que implica la intervención médica en el órgano masculino.

El miedo a la castración es un simbolismo que predomina en la conciencia colectiva de muchas comunidades, sobre todo en aquella de índole patriarcal. La figura masculina se carga de significados de poder en cada una de sus partes. Los múltiples significados que podemos hallar en las diversas culturas sobre la fertilidad privilegian al pene y los testículos como los proveedores de la vida. De ahí que se protejan y se asuma que es más viable experimentar y controlar la reproducción sexual de las mujeres.

Pensemos que el método más popular en los hombres es el uso del preservativo o condón y este no es otra cosa que un envoltorio que protege al pene del contacto directo en la actividad sexual. Colocárselo no resulta una amenaza para la integridad y funcionalidad del pene en la cópula. Además que la ciencia procura desarrollar año con año, preservativos más resistentes pero al mismo tiempo más eficaces en proporcionar placer a los hombres sin que se ponga en riesgo su fertilidad y su potencia sexual.

El miedo a la castración es un simbolismo que predomina en la conciencia colectiva de muchas comunidades, sobre todo en aquella de índole patriarcal.

Otra cosa sucede con la vasectomía, pues este método sí implica una intervención quirúrgica que obstaculiza el paso de los espermatozoides en la eyaculación. Aunque actualmente el proceso es ambulatorio, con técnicas casi indoloras para los hombres, el procedimiento implica para ellos la anulación de una función que asumen como propia de su género.  Y ciertamente por cultura, conciben a la vasectomía como una castración simbólica.

Recientemente se ha experimentado con un método muy similar que utiliza un gel que se coloca en los conductos deferentes y de igual manera que la vasectomía impide el paso de los espermatozoides. Este método es menos invasivo, indoloro, no es permanente y no tiene efectos secundarios. Su introducción en el mercado requerirá un cambio en los significados de la masculinidad y la fertilidad. Implicará también vencer el miedo a la castración que conlleva entender que los órganos sexuales masculinos no tienen ya más privilegios por encima de los de las mujeres.

En las dinámicas de género en el ámbito reproductivo, la equidad también se alcanza asumiendo las mismas responsabilidades en cuanto a la salud sexual y el uso de métodos anticonceptivos. Esperemos que la implementación del nuevo método de anticoncepción masculina alcance la popularidad de la pastilla anticonceptiva o del condón para que el control de natalidad no sea cosa sólo de las mujeres.