El dolor asimilado. La normalización de la violencia

Foto: Dulce Miranda/MujeresNet

Por Georgina Ligeia Rodríguez Gallardo


En un rumbo extraviado de lo que de verdad importa en el desarrollo de la humanidad, la sociedad se deshumaniza y ve al otro como un objeto, proceso en el que la intolerancia y la discriminación operan como herramientas para la acción de cosificar a nuestro semejante.



Este año 2018 cierra con muertes cada día, que no es extraño, pero sí lo es la manera cada vez más cruenta en que suceden y la presencia  como víctimas de mujeres, niños y niñas. El sobresalto por el hecho permanece un momento y posteriormente se normaliza.

La violencia en cualquiera de sus manifestaciones genera dolor, cada uno hemos cargado nuestra pila interna de dolor y sufrimiento -ajeno o propio- lo suficiente para ya no distinguir y actuar. Seguimos adelante sobre los otros. La humanidad está perdida, “la ‘humanidad’ no existe. Solo hay seres humanos movidos por necesidades e ilusiones contradictorias y sujetos a toda clase de trastornos de voluntad y de juicio” (Gray, 2002: 23).

Justificar el infligir dolor en los otros, es una negación a la responsabilidad adquirida, no son daños colaterales -los caídos en enfrentamientos de delincuentes o de guerras-, es el dolor que no se quiere reconocer como emergido de un actuar pensado, evaluado y determinado. Las guerras, enfrentamientos y sus diversas manifestaciones son ejemplo de ello, es eliminar a otros, es pasar sobre los demás en beneficio propio y en el mejor de los casos por la subsistencia. La ética se hace a un lado para guerrear, para ejercer poder que genera sufrimiento y dolor que no se puede imaginar, solo vivir. Lo vemos en familiares que buscan incansablemente a sus parientes desaparecidos.

El exterminio de grupos de población por motivos de raza, religión, política, de tráfico, ha sido la evidencia de las más aberrantes muestras de deshumanización en donde la víctima pierde su dignidad y su condición humana al ser degradado a objeto, lo que hace posible que el victimario la humille y destruya; “la violencia siempre es injustificable, que la fuerza está mal siempre y en toda circunstancia; porque, como afirma Simone Weil en un ensayo sublime sobre la guerra, ‘La Ilíada o el poema de la fuerza’ (1940), la violencia convierte en cosa a quien está sujeto a ella” (Sontag, 2003:21).

El exterminio de grupos de población por motivos de raza, religión, política, de tráfico, ha sido la evidencia de las más aberrantes muestras de deshumanización en donde la víctima pierde su dignidad y su condición humana al ser degradado a objeto…

En la deshumanización de la sociedad y esencialmente en que la persona se aleja de los otros para no percibir su dolor, es necesario ver al otro como un no humano, como un objeto que no siente, que no sufre; en este proceso la intolerancia y discriminación operan como herramientas para la acción de cosificar a nuestro semejante, ésta práctica permite solventar cualquier manifestación de la ética o bien de ahuyentar cualquier sentimiento de culpa.

A esto se suma, el masificar a la persona, con este ejercicio se agrupa y se pierde la individualidad como sujeto social. No hay miradas transmitiendo dolor, es un gran número de personas que no permite ver el daño y sufrimiento de cada uno de ellos: miles de migrantes cruzan México. Es amorfa y distante que completa la práctica de convertir a la persona en un objeto, y con ello no sentir su agonía, no hay empatía.

“Medio siglo más tarde, presionada por Leslie Stahl de la cadena de televisión CBS, quien la interrogaba acerca del medio millón de niños que murieron como resultado del constante bloqueo estadounidense a Irak, Madeleine Albraight, entonces embajadora estadounidense ante las Naciones Unidas, no negó la acusación y admitió que había sido ‘difícil tomar esa decisión’. Pero la justificó: ‘pensamos que valió la pena pagar ese precio’” (Bauman, 2003:110).

Podemos hablar de un rumbo extraviado. ¿Qué es lo verdaderamente importante en el desarrollo de la humanidad? ¿Son los valores, la ética, la moral, la piedad para los otros? O es el todo por el mal menor, que en este caso habría que preguntar ¿menor para quién? No es solo el instinto de sobrevivencia -la manifestación del animal no racional que llevamos dentro y que en ocasiones domina- ya que no solo se pretende subsistir, sino que en el ejercicio de esa violencia hay degradación y sufrimiento lo cual no importa porque esta humillación es en los otros, es lejano y ocurre en un espacio que no es el nuestro.

La historia de la humanidad ha estado cargada de dolor y sufrimiento, de sobrevivir unos a costa de los demás, parecería que no sentimos al mirar el dolor ajeno, o bien crece la indiferencia por la frecuencia y magnitud de hechos que ocurren cada día, que el impacto de los medios de comunicación y el desarrollo de nuevas tecnologías han propiciado que la violencia sea algo frecuente y cotidiano a nosotros. Desde el televisor, tableta o celular llevamos la noticia de la violencia, en nuestra sala, comedor o, aún más cerca, en nuestra mano.

“La guerra que Estados Unidos libró en Vietnam, la primera que atestiguan día tras día las cámaras de televisión, introdujo la teleintimidad de la muerte y la destrucción el frente interno. Desde entonces, las batallas y las masacres rodadas al tiempo que se desarrollan han sido componente rutinario del incesante caudal de entretenimiento doméstico de la pequeña pantalla” (Sontag, 2003:30).

No es solo la familiaridad con la que se enfrenta, sino la indiferencia con que se asimila.

No es solo la familiaridad con la que se enfrenta, sino la indiferencia con que se asimila. Sontag relaciona la manera en que lo cruel se vuelve cotidiano al hacer referencia a las fotografías de pulmones consumidos por el cáncer en las cajetillas de cigarros, habrá un momento en que ya no influyen en inhibir el deseo de fumar, o bien podemos preguntarnos si realmente intimidaron en algún momento.

“Supongamos que sea cierto. Pero cabe preguntarse, ¿por cuánto tiempo? ¿La conmoción tiene plazo limitado? Hoy en día los fumadores en Canadá se retuercen de asco, si en efecto miran esas fotos. ¿Seguirán perturbando a los que aún fumen dentro de cinco años? La conmoción puede volverse corriente. La conmoción puede desaparecer. Y aunque no ocurra así, se puede no mirar. La gente tiene medios para defenderse de lo que la perturba…” (Sontag, 2003: 95).

Si bien, el dolor y el sufrimiento generado en los otros, han sido una constante de los grupos humanos, lo que ha cambiado es el contacto y dimensionamiento del mismo, esto es, antes se presenciaba el sufrimiento de los otros de manera cercana. Lo sabías porque lo presenciabas. O bien, la noticia llegaba tiempo después, esto ha cambiado, ahora contemplamos el sufrimiento en tiempo real.

“Es imposible echar una ojeada a cualquier periódico, no importa de qué día, mes o año, y no encontrar en cada línea las huellas más terribles de la perversidad humana… Todos los periódicos, de la primera a la última línea, no son más que una sarta de horrores. Guerras, crímenes, hurtos, lascivias, torturas; los hechos malévolos de los primeros príncipes, de las naciones, de los individuos: una orgía de la atrocidad universal. Y con ese aperitivo repugnante el hombre civilizado riega su comida matutina”. (Baudelaire, 2009)

El contacto que en la actualidad se tiene con las diversas manifestaciones de la violencia ha generado que la veamos no solo como algo cotidiano, sino que se asimile el dolor de los otros como algo constante, pero distante; lo despersonalizamos, vemos a los otros como objetos del dolor, es por ello que la indiferencia hacia el sufrimiento ajeno resulta cómoda. “¿Por qué siempre leemos en los periódicos las informaciones sobre incendios espantosos y asesinatos horribles? Y responde: porque el amor a la maldad, el amor a la crueldad, es tan natural en los seres humanos como la simpatía” (Sontag, 2003:111).

Bibliografía:

Bauman, Zigmunt (2003) Amor líquido. Acerca de la fragilidad de los vínculos humanos. Fondo de Cultura Económica, México.

Baudelaire, Charles (2009) Diarios Íntimos,  Leviatán, Buenos Aires, original 1860.

Gray, John (2002) Perros de Paja: Reflexiones sobre los humanos y otros animales. Paidós, Barcelona.

Sontag, Susan (2003) Ante el dolor de los demás, Punto de lectura, España.