Por Elvira Hernández Carballido


La película ‘Roma’ de Alfonso Cuarón desata recuerdos infantiles de la columnista, quien nos los narra a detalle.



El aire que chocaba contra mi rostro cortaba mi respiración, revolvía mis cabellos, pero también parecía murmurar a mi oído: ¡Gánale, gánale!

De reojo miraba a mi vecino Carlitos, los gestos del esfuerzo que hacía por mantenerse a mi lado en verdad daban risa. Entonces, aceleré un poco más y ya no pudo alcanzarme. Al tocar la cuarta esquina de ese parque, mi ventaja era enorme. Al pisar la palabra meta, pintada en la acera con gis, mi papá fue el primero en abrazarme con orgullo. Fue así como le demostró a la familia Argüelles nuestra fuerza, sus hijas le ganamos a los hijos de nuestro vecino machín.

Cada fin de semana, mi padre jugaba con nosotras desde carreteritas hasta bote pateado, donde nos siempre nos salvaba: “¡Un, dos, tres por mí y por todos mis compañeros!”. En los partidos de futbol yo era portera y me aconsejaba echar salivita en mis manos para atajar mejor la pelota. También nos enseñó a codear con fuerza, pero muy discretamente, a los rivales para que nos respetaran. Si nos llevaba al estadio Azteca le gustaba sentarse justo atrás de la portería del contrario para ver mejor los goles de nuestro equipo, el América, por supuesto. Su sonrisa de regreso a casa, mientras manejaba su Opel azul, brillaba en el espejo retrovisor.

Los sábados nos despertaba al ritmo del “bomboro quiñá quiñá” y de las clases del chachachá. Entonaba alguna canción de Pedrito Infante -su ídolo, tanto que hasta su bigotito se lo recortaba igual- y se ponía a lavar los trastes que luego mi mamá debía enjuagar otra vez porque los dejaba oliendo a su loción, “Old Space”.

Era empleado en la gran tienda de Sears Roebuck de México y cuando llegaba de trabajar repartía entre nosotras juguetes que por alguna falla le vendían más barato, yo adoraba un carrito de Batman. Por él abundaban en casa las historietas como “Lágrimas, risas y amor”, “Rolando el Rabioso” y “Los supersabios”. Nos citaba a la entrada del cine “Álamos” o del “Ópera” y después nos llevaba a un café de chinos. Le gustaba caminar tomado de la mano de mi mamá. Yo los espiaba cuando íbamos a alguna fiesta y al verlos bailar repetía bajito: “Se quieren”.

Ella nos consentía mucho, a cada quien le hacía de comer solamente lo que le gustara, por eso al día había dos o tres platillos diferentes servidos en la mesa. A mi abuela paterna le chocaba eso, “déjamelas una semana y las haré comer hasta mierda”, repetía amenazadora, pero mi mamá jamás le hizo caso. Católica como ella sola, un tiempo nos obligó a rezar el rosario por las tardes o nos llevaba a clases de catecismo al ex convento de Churubusco. Siempre nos iba a dejar muy temprano a la escuela y en las vacaciones el único destino para vacacionar era Oaxaca, la tierra que la vio nacer. Siempre regresábamos con una caja llena de pan de yema, bolsas con chocolate y montañas de tlayudas.

Me gustaba que cuando tallaba la ropa en el lavadero se pusiera a cantar eso de “cariño santo, mira cómo ando” y que cuando planchaba nos acompañara a ver “Señorita Cometa”, “Ultraman” y “Cascarrabias”. Exigía y vigilaba que hiciéramos la tarea, por eso siempre fuimos niñas de 10. Claro, a veces conseguía nuestra dedicación con su chancla amenazadora y otras veces con sus lágrimas conmovedoras, pero en la ceremonia del fin de cursos, presumía nuestros diplomas. Nos repetía que nada mejor que estudiar para depender solamente de nosotras mismas y que solamente podíamos tener novio hasta que le diéramos un título universitario. Por supuesto, la desobedecí, y tuve mi primer novio desde la guardería, esa guardería de la Aseguradora, un lugar donde ella aprendió Corte y Confección para hacernos nuestra ropa. El sonido de su máquina de coser todavía resuena en mis oídos. Me conmovía verla tomar nuestras medidas con su cinta amarilla y colocar alfileres en esos retazos que ella convertía en vestidos coloridos. Fue así como salí en todos los bailables del 10 de mayo o en las ceremonias donde era la niña que recitaba con inspiración “como renuevos cuyos aliños un viento helado marchita en flor…”.

Acompañarla al mercado de Portales siempre resultaba toda una aventura, desde verla regatear el precio de la verdura, pedir la prueba de la piña o el chicozapote y revisar como una experta que la carne no tuviera “gorditos” o el filete espinas. Eso sí, siempre nos mandaba por las tortillas o a comprar dos sobres de café “Legal” mientras llenaba la cocina de aromas mágicos como el arroz friéndose en el aceite o un caldo de pollo hirviendo.

Generosa y espléndida como buena oaxaqueña, siempre dio asilo a sus medios hermanos que venían a probar suerte a la capital, fue así como durante un tiempo vivió en casa mi tío René, un gordito muy culto y cariñoso. Gracias a él siempre ganábamos en el programa de Radio Mil, “Preguntas y respuestas”. Incluso, él participó en el Premio de los 64 mil pesos que conducía Pedro Ferriz, avanzó hasta la penúltima ronda con el tema la historia de la conquista de México. También mi tío Adán estuvo en casa, a él le gustaba cantar y con cualquier pretexto sacaba la guitarra o la armónica. Lo quise tanto que exigí que fuera mi padrino en la misa de mis XV años. Ay, todo ese ritual fue organizado siempre bajo mi capricho y mis gustos. Quise mi vestido de manta, que diseñó la mamá de mi amiga Regina. Mis invitaciones fueron en forma de abanico, mis chambelanes con pantalón y chamarra de mezclilla, mi ramo de flores naturales y en la lista de invitados solamente gente que conociera, nada del tío lejano o la tía quién sabe quién, mis amigas, mis amigos, mis cuates de verdad. La fiesta fue en el patio de mi casa, Antillas 1204 colonia Portales. Mi papá dio un discurso inspirado que finalizó con la voz quebrada mientras me abrazaba amoroso. Mi marcha fue la música de “Los sonidos del silencio”. Nada de cargarme ni aventarme ni arrodillarse ante mí, simplemente me movía al ritmo del vals “Danubio Azul” y coqueta bailé el “Tico-Tico”.

Quizá me comportaba así para ser diferente a cada una de mis hermanas. Isabel -siempre hermosa y muy consentida-, a sus 18 años ya trabajaba como secretaria. Luego seguía mi hermana Flor, que un tiempo quiso ser monja y después filósofa. Finalmente, Elina -traviesa como ella sola-. Mi hermano Ernesto el mayor y el que nos abrió el camino -siempre lo dice-, ya era un señor joven casado desde 1970.

Y recuerdo todo esto, por culpa de la película Roma, gracias Alfonso Cuarón por provocar esta nostalgia tan bien querida que posee toda evocación de nuestro pasado…