Foto: Brenda Ayala/MujeresNet

Por Georgina Ligeia Rodríguez Gallardo


Ejercemos violencia al negar la existencia del sufrimiento y del dolor en los otros, explica la autora, y nos invita a actuar, de manera individual y colectiva, para conformar una sociedad solidaria y garantizar la dignidad humana.



La vida es muy peligrosa. No por las personas que hacen mal,
sino por las que se sientan a ver lo que pasa.
Albert Einstein (1879-1955)

Volteamos el rostro para no ver la violencia, no nos gusta ver el dolor y sufrimiento de los otros. Miradas esquivas al dolor ajeno. Hemos aprendido a vivir negando a los demás. Hemos aprendido a vivir ahogando la compasión en las aguas de la indolencia. Me duele mi dolor. El dolor de otros no es mío, es ajeno, es de ellos.

No pensamos que esta negación del dolor de aquellos con quienes convivimos es una forma de violencia; ejercemos violencia al negar la existencia de su sufrimiento y dolor en los otros. La llamada modernidad ha ido aparejada de un proceso de aislamiento, es la soledad en la multitud. Es indiferencia, negación y cobardía ante el dolor y el sufrimiento de los otros, lo que le ocurra a los demás no es mi problema. Reconozcámonos en el otro, e identifiquemos su dolor, nuestro dolor y mostremos al menos compasión. Cuidémonos unos a otros.

La reciente noticia de que en Ecatepec residía -desde hace varios años- un asesino de mujeres que junto con su esposa atraían mujeres -con el engaño de venta de ropa y accesorios- a las cuales mataba, descuartizaba, comía y comercializaba sus restos ha impactado de forma aterradora a la población mexicana. Y no puede ser de otra manera.

Sin embargo, lo verdaderamente aterrador no es solo el que matara y comiera mujeres, sino el número y los años en que esto estuvo ocurriendo -aparentemente desde 2012- sin que fueran descubiertos. ¿No tenían vecinos/as? ¿Quiénes compraban lo que vendían? ¿Nadie vio situaciones sospechosas en años?  ¡Tantas víctimas!

No fue una víctima, fueron muchas mujeres y niñas. ¿Cuántas mujeres fueron? Se habla de entre 10 y 20, recordemos que en Ecatepec han desaparecido mujeres desde hace al menos 10 años que dan diferentes cifras. 100, 167, 200 mujeres ¡Es aterrador! ¡Es aterrador que nadie vea nada! Mujeres -muchas de ellas menores de edad- madres solteras han desaparecido en la misma zona desde hace tiempo. ¿Habrán sido víctimas del Monstruo de Ecatepec? Las autoridades tendrán que investigar y aclarar esta situación. Esta zona de la ciudad de México se ha vuelto de alto riesgo para las mujeres y niñas; el que sea una zona segura es una responsabilidad de cada uno de nosotros.

En este horripilante caso, lo verdaderamente aterrador es que ocurriera ante los ojos de tantos. Pero lo que sucede es que simplemente dejamos caer el peso del agravio en el otro o bien no miramos. Es violencia pasiva, somos observadores mudos de la violencia. ¿Será que tanto dolor no se puede enfrentar? ¿Es el miedo de que suframos de igual manera? O peor aún, es indiferencia. El dolor ajeno y en ocasiones el propio se ha vuelto cotidiano, la costumbre vuelve indolente a la persona. O bien, es la simiente del miedo, del instinto animal que no se desprende de nosotros. El sentido de subsistir sobre los otros. Somos hacedores de violencia y de entornos violentos construidos desde el balcón del temor, no intervenimos, miramos desde lejos. ¿Qué puede ser más cruel: generar sufrimiento, o solo contemplarlo e ignorarlo?

Somos hacedores de violencia y de entornos violentos construidos desde el balcón del temor, no intervenimos, miramos desde lejos.

Muchas son las teorías de lo que genera la violencia, podemos mencionar dos constantes: la desigualdad y la inequidad que generan ambientes adversos que impactan en los más vulnerables: mujeres, menores de edad, personas adultas mayores y personas con discapacidad. Pero si a ello se suman dos ingredientes como la falta de tolerancia y la cotidianidad de la violencia tendremos el marco perfecto para la manifestación y desarrollo de la violencia en todas sus expresiones y dimensiones. En el estudio y análisis de la violencia se asigna una mayor relevancia a las diferencias, como detonante de las injusticias; si bien es un ingrediente, no es un componente exclusivo o excluyente.

La violencia se manifiesta en todos los entornos de la actividad social: educativo, cultural, religioso, político, urbano y ecológico. No cedemos a la práctica de la violencia, se exterioriza en las diversas relaciones sociales, en la comunidad y en la familia. La violencia precede y supera, es la adrenalina que la persona social reclama. No es algo nuevo, es una constante en la sociedad; si bien impacta en la calidad de vida, el grado y forma en que se presenta lo violento ha cambiado de acuerdo a los contextos. Sin embargo, es perdurablemente calculada y medida para garantizar la sobrevivencia de unos sobre otros: la violencia es racional. El dolor es sintomático.

La persona social ha encontrado una manera de justificarse o protegerse del dolor ajeno, al hacerlo distante: No es mi problema. El dolor y sufrimiento distantes son en realidad expresión de la falta de empatía. Vemos el dolor ajeno, apartado, ocurre en otro país, en otro estado, en otra colonia, y finalmente en otra persona. No es mi dolor, por tanto no me importa, no me afecta, no es mi problema. La empatía, el ponerse en el lugar de la otra persona, el ayudar al otro, es experimentar un sentimiento por el reflejo de la pesadumbre del otro.

La falta de empatía, no es el solo hecho de mostrar desinterés por el dolor y sufrimiento que padece el otro, sino que las más de las veces nos convertimos en espectadores. En donde cualquier muestra de compasión es anulada. No cuidamos del otro, sólo de los nuestros, en el mejor de los casos. Es un temor oculto o manifiesto de experimentar el mismo dolor y no ser empáticos. Nos alejamos para no identificarnos en ese dolor, el mirar de lejos el sufrimiento permite ser objetivos, concentrarnos en nosotros mismos. Debemos de rescatar nuestra humanidad, la empatía por el prójimo, la compasión por nuestros cercanos -al menos- y tomar una acción en caso de observar algo fuera de la norma, salvaguardando nuestra integridad, pero de manera decidida, en ocasiones es tan sencillo como tomar el teléfono y denunciar, pedir ayuda.

El proceso de individualización por el que la sociedad moderna occidentalizada atraviesa generó una fragmentación; concentrándose la persona en sí misma, no hay cabida para la empatía. El dolor se ve de lejos, y se niega para que no te alcance. A este ejercicio de negación se suma la masificación del dolor, un grupo padece condiciones que le generan sufrimiento, pero no se distingue persona a persona, es una etnia, una comunidad, es un país, no hay miradas en qué contemplar el sufrimiento. El masificar el dolor, protege, permite distanciar, no hay rostros del dolor, es una masa de población que no se identifica.

Pero aun así, observa Smith, el espectador juicioso encarará esa calamidad, ‘de todas las calamidades a que la mortal condición expone a la humanidad, como de lejos la más espantosa’. Ello nos muestra que tanto la participación empática como la evaluación externa son cruciales para determinar el grado de compasión del espectador que debe surgir de la consideración de lo que él mismo sentiría si estuviera reducido a la misma e infausta situación y pudiera al mismo tiempo -lo que quizá sea imposible- contemplarla con su razón y juicio presentes. (Nussbaum, 1997:109)

Es frecuente el realizar un análisis exhaustivo de las diferentes formas de su manifestación o bien describir el círculo de la violencia, y por supuesto definir ampliamente su tipología; finalmente realizar un análisis objetivo que solo busca alejar el fenómeno para su estudio, pero ¿qué sucede con las repercusiones sociales y personales del impacto de la violencia? ¿Qué ocurre con las familias que viven en Ecatepec? ¿Cómo impacta el haber convivido con unos asesinos sin saber? ¿Las mujeres de todas las edades se tienen que armar de valor cada día para salir a las calles? ¿Cómo despedirte cada día de tu hija, hermana, esposa, madre? Es una zozobra inimaginable. Para sobrevivir al dolor, sufrimiento y al miedo es necesario distanciarlo, que en el continuo ejercicio de alejarlo la persona social requiere de la práctica de la indiferencia, que deriva en la ausencia de empatía. Es la capacidad de negarlo para sobrevivirlo y seguir adelante: A mí no me puede ocurrir.

Todo integrante de la sociedad en algún momento ha presenciado algún hecho de violencia y con ello el dolor que inflige. Convirtiéndose en observador, con la poca o ninguna conciencia de que forma parte del hecho. Como observador se tienen opciones variadas que básicamente es intervenir o no, en este último caso -el más frecuente- es infundido por el temor y falta de decisión para actuar. El miedo y el temor hacen presa de la persona, y finalmente su instinto de sobrevivencia actúa, y mira hacia otro lado.

No es mi dolor, por tanto no me importa, no me afecta, no es mi problema.

Es la necesidad de resensibilizar a la población, de evitar generar dolor y sufrimiento en nuestros prójimos, además de tomar acción para que no ocurra. No solo visibilizar las diferentes manifestaciones de violencia sino el no negar, evitar mirar como ajeno y lejano el dolor de los otros, cercanos o lejanos; el sufrimiento de personas o de grupos sociales debe de evitarse, es el trabajo de la sociedad por buscar la dignidad de la persona.

Es una utopía, pero sin este imaginario, sin un sueño de un mundo mejor sería imposible seguir adelante. Cada persona y grupo social requiere de contar con ese deseo de que su dolor y sufrimiento se acabaran; que no son eternos. De otra forma ¿qué oportunidad tendría la humanidad de continuar adelante?

Vislumbremos una sociedad que tenga como único precepto el que siempre y bajo cualquier costo se garantice la dignidad humana, que nos dolamos del dolor ajeno y que actuemos de manera decidida en un trabajo individual y colectivo de conformar una sociedad solidaria, con valores pero sobre todo con ética. Sonará trillado pero respetar a nuestros semejantes, y velar por el otro, es velar por uno mismo y por una humanidad en donde valga la pena desarrollar eso que se llama vida digna.

Fuente:

Nussbaum Martha C., (1997) Justicia poética: la imaginación literaria y la vida pública. Andrés Bello: Chile.