Foto: Mariana C. Bertadillo/MujeresNet

Por Patricia Karina Vergara Sánchez


En el actuar de cualquier agresor existe la potencialidad de asesinar o propiciar un daño incapacitante, explica la autora, y hace un llamado a reconocer el peligro en la violencia contra las mujeres como un asunto de vida o muerte, con el fin de saber cómo responder.



Ayer por la tarde, hice bajar a un hombre del vagón de mujeres del Metro de la CDMX. Yo no tenía ánimos para una discusión, pero el metro venía llenísimo y muchas se quedaban fuera en cada estación, él iba de pie y expandido en el vagón y las mujeres iban tratando de hacer espacio vacío para no viajar pegadas a él. Incómodas todas, él a sus anchas, y, por eso, tuve que enfrentarlo.

Bajarlo fue complicado porque venía pegado a la puerta del fondo y porque ninguna otra mujer decía nada, pero yo seguí siendo molesta hasta que se bajó.
Cuando las puertas se cerraron y quedamos sólo mujeres en el vagón, una me dijo: “No se arriesgue tanto, qué tal que le da un mal golpe” y otras mujeres asintieron en el momento.

Claro que me da miedo que me peguen, pero si fuéramos más, habría menos probabilidad de que eso pase, respondí.

Luego, me quedé pensando en que hacía años que no escuchaba o no ponía atención a la expresión “mal golpe”.

Es una expresión que no trata de designar a un golpe accidental o mal ejecutado o a que exista un “buen golpe”. Se refiere a un golpe que dejará una lesión severa o podría significar la muerte.

Se usa en los siguientes sentidos:

“Siempre le pegaba, pero ese día le dio un mal golpe y la mató”.

“Niños no jueguen así, qué tal que se dan un mal golpe”.

“Le di un mal golpe y su cabeza rebotó con la pared”.

Entonces, me di cuenta de que las mujeres constantemente estamos temiendo al “mal golpe”, usemos o no esa expresión.

El mal golpe es la potencialidad feminicida, real, en cada agresor. En cada situación en donde alguien agrede, el golpe, uno o muchos, puede ser dado con tal fuerza o impactar en alguna zona vulnerable del cuerpo o de alguna forma en que tenga consecuencias irreparables.

Al mismo tiempo, el uso de la idea del “mal golpe” es un eufemismo muy peligroso porque conlleva una excusa implícita de que el asesinato o la lesión no eran intencionales, sino que el agresor no supo medir la fuerza del ataque, que “se le fue la mano”. Ese discurso, forma parte de la cultura que normaliza la violencia hacia las mujeres y las niñas y niños y que desresponzabiliza del acto de agresión; como si la agresión misma no contuviera ya la intención/decisión de anular, silenciar, destrozar, dañar a la otra.

Por lo anterior, es preciso señalar que cada mujer que está al lado de un golpeador, está en constante peligro de no sobrevivir. Cada mujer que está con una persona que le hace daño, corre el peligro de recibir ese golpe definitivo, aunque sea uno, el primero, puede ser el irreversible.

Ante ello, reconocer el peligro en la violencia ya expresada contra las mujeres a nuestro alrededor, es un asunto de vida o muerte.

Recuerdo que hace un par de años, dije, al dar una clase de Violencia de Género, que me parece irresponsable, en un contexto como el actual en México, ver a una mujer golpeada y no leer en esos golpes a un potencial feminicida. Es que la línea entre el golpe y el mal golpe, el de muerte, es muy tenue. Ese día, una estudiante de mi clase, psicóloga de una preparatoria, se conmovió con lo que dije y nos contó una historia tremenda sobre una alumna suya:

A una chica el exnovio acosador ya la había buscado y la había golpeado en varias ocasiones, la joven dijo que se iría de la escuela y de la zona. Las autoridades escolares la convencieron de que no escapara, que enfrentara los conflictos (como si tuviera un “conflicto” y no un golpeador persiguiéndola). El tipo la acuchilló. Mi estudiante preguntaba si era responsabilidad de la escuela hacer algún protocolo de seguridad…

Esta es una constante de todo tipo de autoridades, cuando las mujeres van a denunciar amenazas o golpes que no dejan lesiones visibles o que, bajo el criterio de esas mismas autoridades, no se consideren graves, son desoídas porque “nada” ha pasado. Ignoran el potencial feminicida y son ellas quienes pagan esa negligencia con sus cuerpos y con sus vidas.

La idea que trato de recordarnos es que en el actuar de cualquier agresor existe la potencialidad de asesinar o propiciar un daño incapacitante. Si una mujer logró sobrevivir a su violencia, incluso a la que no parece tan severa, probablemente la siguiente vez no sobreviva.

Las mujeres conocemos bien la profundidad de la amenaza implícita en cada hombre que traspasa nuestros límites. La mujer en el metro que me prevenía del “mal golpe” y las que asintieron, saben con sus cuerpos que la amenaza es real y es constante.

Sin embargo, que la amenaza deje de ser miedo en el cuerpo, que es el miedo que el sistema político patriarcal ha sembrado en nosotras, y pase a ser un saber consciente, nos tiene que permitir hablarlo y organizarnos.

La potencialidad feminicida pesa como un péndulo sobre nuestras cabezas todos los días. Por ello, es necesario señalarlo y para poder responder y sobrevivir.

Lo que tengo claro, es que yo no quiero vivir inclinada sintiendo ese peso sobre todas nosotras.