Foto: Dulce Miranda/MujeresNet

Por María Esther Espinosa Calderón

 


“Supe lo que era el miedo, la impotencia, el coraje pero también el renacer y la solidaridad de la que somos capaces las y los mexicanos”, nos narra la autora, quien rememora las experiencias vividas en diversos sismos, en especial los de 1985 y 2017, así como las circunstancias políticas y sociales que los rodearon.



Este 19 de septiembre fue probablemente el más inquietante en la historia contemporánea de la Ciudad de México, hasta las personas más escépticas estuvieron alertas a lo largo del día como aguardando, por si acaso y por si las dudas, un nuevo reclamo, ¿o venganza? de la naturaleza tan trastornada y maltratada por la mano dañina de la especie humana. Esta fecha, fatídica en la vida de miles de familias  y en el corazón de millones de mexicanos que presenciamos la violencia con que la tierra nos sacudió junto con cientos de casas y edificios hace 32 años y nuevamente volvió a recordarnos, justo hace un año y en el mismo día, la impotencia y desamparo en que seguiremos estando indefensos y minúsculos frente a la violencia de los desastres naturales, ante los cuales, ya hemos visto,  poco puede hacer la ciencia, la tecnología y todo el poderío de la modernidad dizque sabia y conocedora.

Este 19 de septiembre, el recuerdo trágico, la herida abierta de los damnificados de entonces y del 2017 que siguen dolorosamente penando por lo perdido irrecuperable y también por la añoranza del techo y los bienes que a la distancia, se han vuelto también irrecuperables como sus muertos, la juventud, los años transcurridos y malvividos en la contingencia, la emergencia y la adversidad ante la que el Estado no protege.

Ofrendas y ceremonias conmemorativas por doquier, tantas como las sedes devastadas y de las cuales tampoco ha resurgido la vida, por eso, a la fecha se le suman también marchas y protestas. El clamor por saber dónde y en qué se gastaron los recursos de la solidaridad internacional y nacional, los presupuestos y los programas gubernamentales de rescate. Pero no sólo eso, también los ciudadanos vivimos los ahora usuales simulacros, algunos, ¡válgame Dios! teatralizando el drama de las acciones de salvación, como si el país no tuviera ya bastante con las desgracias cotidianas de robos, secuestros, ejecutados, suicidios, bulling, explotación sexual e infantil y sus consecuencias desgarradoras

Los recuerdos vienen a mi mente. Nunca pensé que viviría dos terremotos, el mismo día, pero con diferencia de 32 años y de algunas horas. Miedo, temor, pánico, síndrome de estrés postraumático, aunque también capacidad de reacción, de respuesta solidaria, de ayuda y organización urgente y emergente;  coraje y rebeldía contra tanta corrupción de los políticos y las instituciones que simulan la ayuda para los damnificados con acciones estratégicamente diseñadas para llenarse los bolsillos, las cuentas bancarias en el extranjero y secundar a los negocios mal habidos.

Coraje y rebeldía contra tanta corrupción de los políticos y las instituciones que simulan la ayuda para los damnificados con acciones estratégicamente diseñadas para llenarse los bolsillos.

A un año y a 32 años los damnificados/as siguen sin tener una seguridad en su hogar o una nueva casa. Siguen pidiendo que se les atienda ante el peligro inminente de un derrumbe, o para protegerse de las inclemencias del clima iracundo que otrora fuera generoso para los capitalinos. La pregunta es ¿dónde está la ayuda que proporcionaron los países que se hermanaron con nuestro dolor? ¿Por qué no avanzan las tareas para demoler, renovar y restaurar los edificios que ponen en riesgo la vida de quienes los habitan o de los transeúntes o de los vecinos que cohabitan con estas construcciones? ¿Por qué siguen abandonados los que están desocupados y en malas condiciones?

Hoy aniversario aciago, recordamos a las víctimas de los dos terremotos que nos cimbraron el alma: Tlatelolco, Conalep, Colegio Rébsamen, Álvaro Obregón 286, por sólo mencionar algunos edificios colapsados, en los que la corrupción de las constructoras, del gobierno al  emitir los permisos, de los ingenieros y directores responsables de obra tuvo mucho que ver.

El miedo a los temblores se remonta a cuando era niña y veía a mi madre ponerse de rodillas con los brazos abiertos hacia el cielo y rezar, pidiéndole a Dios que nos protegiera. Ella también tenía sus razones de ese pánico ante lo inexplicable e inevitable.

Mi madre sufrió los sismos constantes de cuando hizo erupción el volcán Paricutín. Nos contaba anécdotas de esos días y noches de angustia, a veces eran desagradables, como cuando un temblor derribó el techo de su vecina Chabela; otras graciosas, como aquella que platicaba de un señor que dormía desnudo: una noche que empezó a temblar muy fuerte, al salir corriendo de su casa, tomó el marco abandonado y roto de una pintura religiosa que en otro tiempo colgó en su sala por tratarse de una alegoría al Divino Redentor y salió a la calle asustado para encontrarse con muchas otras personas que estaban impávidas por el susto con las manos pegadas al pecho rezando el Ave María y  les decía: “Encomiéndense al Divino Redentor”, sin haberse percatado que sólo se cubría con el marco, ya que con el ajetreo la pintura del santo se había desprendido.

Siempre que estaba cerca de mi madre, mi miedo lo dejaba de lado para calmarla. Recuerdo un temblor fuerte, era un 20 de octubre, cumpleaños de mi abuela Irene, el mariachi cantaba “Un infierno se abre a mis pies”, el final de Tango Negro de Julio Jaramillo, cuando empezó a temblar, en ese entonces no sabía de magnitud e intensidad, mi madre al sentir el movimiento corrió despavorida a buscarnos a mi hermana y a mí que habíamos quedado de vernos y en ese justo momento llegábamos a casa de la abuela, estaba fuera de sí, gritaba: ¡Mis hijas! ¡Mis hijas! La abrazamos y lloramos con ella.

La vida sigue y de repente uno que otro susto. Me cambié de una ciudad sísmica a otra igual o peor porque aquí los temblores vienen de todos lados. Llego a Tlatelolco al edificio Tamaulipas a casa de mi tía Meya, en el noveno piso, vivíamos cuatro mujeres: mis tías María, Meya, mi prima Angélica, mi primo Alex que estaba muy pequeño y yo. Cada que temblaba, teniendo los antecedentes de los temblores de Uruapan, pues como podíamos nos bajábamos los nueve pisos. No sabíamos del peligro que esto representaba. Cuando llegaron mis hermanos a la ciudad, rentamos un departamento en el edificio Durango, vivíamos en la planta baja, ya era más fácil correr, ahí nos sorprendió en 1979, el terremoto que derribó la Universidad Iberoamericana, fue a las 5:07 de la mañana con una magnitud de 7.6, epicentro Petatlán, Guerrero. Mi madre se encontraba con nosotras y con mi hermano. Otro susto tremendo.

Nada que ver con el 19 de septiembre de 1985, que quedó marcado en mi mente y corazón como en el de muchas personas. Minutos antes de las 7:19, salía a mi trabajo, por lo general atravesaba el edificio Nuevo León, pasando por la papelería la Pimpinela, enfrente había una parada del camión, ese día no sé por qué me fui por las torres Tecpan a la otra parada que había en Reforma y Flores Magón, cuando de repente, pensé que me había mareado y se empezó a mover todo y a escuchar un rugido tremendo, volteé y vi cómo los tres módulos del Nuevo León se separaban y pegaban entre sí desprendiendo concreto, de pronto en cuestión de segundos un crujido enorme y una nube de polvo se levantó; la angustia, la impotencia, el miedo, la desesperación se apoderaron de mí, empecé a correr gritando y llorando: “Se cayó el Nuevo León, se cayó el Nuevo León”. La gente también corría en sentido contrario al mío para dirigirse al edificio recién colapsado a buscar a sus amigos y a sus familiares.

Era un ir y venir de las personas con el terror reflejado en el rostro, con el llanto a flor de piel, el vaivén de la tierra, el movimiento de magnitud 8.1 nos cambiaría la vida, no sólo a los tlatelolcas, sino a los habitantes de ese entonces Distrito Federal. Sólo un módulo del edificio quedó en pie. Es algo que hasta hoy me duele, me impresiona, me acongoja, ahí entre los escombros estaban mis vecinos/as, algunos/as conocidos/as, parientes de amigas, la gente que no pudo correr, que el sismo no le dio tiempo de ponerse a salvo, o no sabíamos qué hacer ante este fenómeno de la naturaleza, o que ni el marco de la puerta los pudo proteger, como se creía antes que era un lugar seguro. Personas con las que alguna vez me topé. Restaurantes como el de don Pepe, el de las flautas de la güera, la tintorería, la estética y otros negocios, por los que a diario pasaba, estaban enterrados bajo ruinas, ya nada sería igual. Cuando me reencontré con mi familia nos dimos el abrazo más fuerte y largo de nuestras vidas, estábamos bien. Lo que siguió fue unirnos para ayudar. No se me olvida ver a mi hermano Beni apoyando, tratando de sacar con sus manos a quienes estaban atrapados. Mi prima Angélica y yo nos fuimos a la Plaza de las Tres Culturas a unirnos a la gente que se empezaba a organizar. No puedo evitar el pánico a los temblores y el miedo a las alturas. En Tlatelolco viví cosas hermosas, en Tlatelolco supe lo que era el miedo, la impotencia, el coraje pero también el renacer y la solidaridad de la que somos capaces las y los mexicanos. La Ciudad de México cambiaría su fisonomía.

Entre temblores pequeños, otros no tanto, y ya con alerta sísmica, salimos corriendo el 7 de septiembre de 2017 a la media noche, un temblor de magnitud 8.2, destruiría Juchitán, Oaxaca, ciudad que aún no se recupera. No habíamos asimilado el susto de ese día cuando el 19 de septiembre, 32 años después, la tierra nos deparaba otra sorpresa, la alerta sonó al mismo tiempo que empezó a temblar, no dio tiempo a nada, era tan fuerte que me aventó y con mi perrita entre los brazos opté por ponerme hincada al lado de un sillón, donde veía cómo se golpeaban los cuadros y cómo se azotaban las puertas, el tiempo que duró se me hizo interminable, nunca pensé que un 19 de septiembre viviría otro terremoto y que al igual que hace 32 años la ciudadanía rebasó al gobierno, otra vez la muestra de solidaridad, otra vez la juventud, mujeres y hombres hombro con hombro ayudando en el desastre. Otra vez, el vaivén de la tierra volvió a dejar al descubierto la corrupción de las constructoras, de las inmobiliarias, de los dueños de algunos de los edificios colapsados, del gobierno. Otra vez el mito de los niños atrapados, en el 1985, Monchito; en el 2017, Frida Sofía. Otra vez la fisonomía de la ciudad ya no sería la misma. Aquí estamos de pie y aprendiendo día a día qué medidas tomar, porque la tierra seguirá moviéndose a su ritmo y sin avisar.

Hicimos el simulacro, que es una medida de prevención porque sabemos que vivimos en una zona sísmica, que debemos de estar preparados y alertas. Las y los jóvenes que no vivieron el 85 cambiaron su visión de los simulacros, ya no es para ellos una pérdida de tiempo ni un juego, que es necesario estar atentos, porque la tierra a veces aterra, como dice la poeta y periodista Lucía Rivadeneyra:

La Tierra

Nunca antes de septiembre, de mil novecientos ochenta y cinco, había soñado que yo temblaba de miedo, al escuchar el movimiento de la tierra; pero germina el ruido y angustia causa en el profundo sueño.

Surge así el escándalo de puertas, ventanas y paredes, las plegarias a gritos de mi madre, el ruido del pavor en los ojos de infancia de mi hermana.

Sí, el ruido gris de la casa entera. Un ruido grave, de impudicia sorda.

Mientras tiembla, en el sueño, el pánico renace al revivir un movimiento que partió en dos a miles de personas.

Es, en la memoria, un reloj perdido, cuya única alarma es el misterio del tiempo, al no saber cuánto podría durarle a la tierra la voluptuosidad de su capricho el acomodo intenso de sus capas.

Quizá por eso, algunas veces sueño que la tierra no es firme. Despierto con el miedo en taquicardia.

Tardo en comprender que la realidad, de pronto es sueño y aunque sea en sueños, desde mil novecientos ochenta y cinco, sé que la tierra, de vez en cuando, aterra.