Por Isabel Loza Vaqueiro


La vieja casa familiar materna, nos relata la columnista, parece estar habitada por fantasmas. Pero recientemente conoció la historia de una efímera habitante cuyo nombre y fechas de nacimiento y muerte están en una placa de la fachada.



La familia de mi madre habita desde hace más de medio siglo una casa vieja ubicada en un pueblo del Bajío. Como casi todas las casas viejas tienen uno o varios fantasmas, “si te la vendieron sin uno es que te vieron la cara”, decía una señora a la que estimé mucho. Ahí las reuniones familiares finalizaban con mis primas y primos reunidos alrededor de algún tío que nos platicaba sobre “la señora vestida de negro” que caminaba por el pasillo hasta difuminarse en la puerta de la cocina, de los sonidos de agua que parecían chocar con metal o de cómo desaparecían de una recámara los zapatos de mi madre para aparecer en otra con la cinta descorrida sin que hubiera rastro de cómo llegaron ahí.

Las historias eran muchas y ciertamente en esa casa siempre he tenido la sensación de que algunos andan por ahí. En el cuarto de mi tía, en la cocina y en la oficina de mi abuelo percibía su compañía y me daba miedo. Pasaba noches en vela, con los ojos bien abiertos, por si me querían jalar los pies o susurrarme al oído. El método infalible para no bajar la guardia y evitar amanecer con marcas de sus dedos en mis tobillos era imaginar la vida de los fantasmas cuando eran habitantes de carne y hueso. Me inventé unas buenas historias ambientadas en la Revolución y en la Guerra Cristera, mujeres que huyeron por los estragos de la Revolución, sacerdotes refugiados por la persecución callista  y obviamente tragedias sobre la pérdida de hijos o de las fortunas perdidas para siempre en lo profundo de la tierra del pueblo (que por supuesto, estaban enterradísimas en algún lugar de la casa y había que buscarlas con detectores).

El método para permanecer en vela se convirtió en el remedio para dormir, pues al pensar en la vida que pudieron haber tenido los antiguos pobladores, me hizo verlos menos terroríficos, solo eran almas tristes o extremadamente alegres a las que de vez en cuando les gustaba prender las lámparas o darle vueltas al ventilador y reírse de nuestras caras perplejas o asustadas. Ya me los imaginaba como parte de nuestra vida: ayudándole a mi tía a hacer el queso, soplando las respuestas del crucigrama a mi abuelo o rezando con mi abuela. Me convencí de que tenían tantas ocupaciones que ellos también necesitaban dormir y no andarían asustándome.

Ahora que ya no creo en los fantasmas (o ya no me dan miedo) comienzo a conocer la historia de una efímera habitante de esa casa. Su nombre y fechas de nacimiento y muerte están en la altísima fachada, en una plaquita en donde se le conmemora como una gran escritora. Se llamó Catalina D’Erzell y fue una dramaturga crítica de la condición de la mujer a inicios del siglo XX. Probablemente en el patio (¡en el mismo que patinó mi mamá!) escribió su primera obra de teatro antes de los 12 años y de irse a la Ciudad de México con su familia al comenzar la Revolución Mexicana (Peña, 2000).  Además de escribir obras de teatro escribió algunas novelas y guiones para cine además de que tuvo varias columnas, entre esas una en el periódico Excélsior que se llamaba “Digo yo como mujer”, en donde abordaba diversos temas concernientes a la liberación femenina.  Me gusta pensar que ella fue quien me sembró la curiosidad por el librero de mi abuelo o la que, junto con mis abuelas, le ayudó a mi tía a abrir su pastelería. Es un fantasma en la casa de mis abuelos, un fantasma con nombre, apellido y trayectoria, un fantasma en la vida de muchas mujeres que hoy conocen su historia. Una abuela crítica que luchó por una representación libre de las mujeres.

Es un fantasma en la casa de mis abuelos, un fantasma con nombre, apellido y trayectoria, un fantasma en la vida de muchas mujeres que hoy conocen su historia.

Ya antes me había interesado por su vida cuando mis familiares me platicaron que una escritora nació y vivió ahí pero entonces no encontré mucha información en internet. Hoy, al introducir su nombre en cualquier buscador, encuentro una docena de páginas que hablan sobre ella, una biografía en Wikipedia, escuelas con su nombre, algunas tesis y varios libros, algunos exclusivos sobre su vida y otros en donde la comparte con grandes dramaturgas como Elena Garro y Sor Juana Inés, casi todos escritos por Martha Olga Peña Doria. Este mar de información no deja duda de que las feministas estamos luchando para que las historias de estas mujeres se conozcan y a ellas les agradezco. Gracias por hurgar en archivos, por escribir, por criticar, por luchar por espacios en la universidad para mi generación y gracias a Catalina D’Erzell por abrir mi curiosidad hacia las mujeres de mi familia, hoy quiero conocerlas para detectar las huellas que dejaron en mí pero sobre todo para que dejen de ser fantasmas a los que hay que inventarles una historia para que no asusten.

Peña, Olga Martha (2000). Digo yo como mujer, Catalina D’Erzell, Guanajuato, Ediciones La Rana, 294 pp.