Un posgrado de grandes aprendizajes emocionales

Foto: Dulce Miranda/MujeresNet

Por Abigaíl Huerta Rosas
Licenciada en Sociología (UNAM), especialista y maestra en Estudios de la Mujer (UAM), y Dra. en Ciencias Sociales y Políticas (Ibero). Sus líneas de investigación son sociología de los sentimientos, roles de género, familia y violencia intrafamiliar.


Egresada de la generación 2002-2004, Abigaíl Huerta Rosas comparte sus reflexiones sobre la relación entre las mujeres y la academia, en un esbozo de su intervención en las Conversaciones Feministas con once generaciones de la Maestría en Estudios de la Mujer, de la UAM Xochimilco, en el marco de su XX Aniversario.



A 20 años de la creación de la Maestría en Estudios de la Mujer, la primera en este país, sus egresadas reflexionamos en torno a nuestro paso por ahí, con lo cual podemos decir que su existencia no solo representa la posibilidad de contestarnos algunas preguntas del feminismo y la teoría de género, sino también de nuestra propia vida.

Esta maestría, en la que el tema central es la situación de las mujeres, da la categoría de científico y académico a lo que para millones de mujeres ha sido sumamente doloroso; pues, con ella, los estudios de las mujeres logran ser reconocidos y avalados por la academia; por esa academia que muchas veces ha sido fría y dura ante el dolor humano. El hecho de que exista una maestría en estudios de la mujer, implica mucho más que el apego a los pasos del método científico, o al positivismo de las ciencias sociales que nos heredó Auguste Comte.

De esta maestría se celebran 20 años, y su creación fue y sigue siendo una esperanzadora luz para modificar la terrible realidad que nos acompaña a las mujeres, y seguramente también a los hombres. Sin embargo, no deja de doler mucho la frialdad y exigencias de la academia. Esta maestría no es la excepción, pues forma parte del mismo sistema de Estado. Cuando se estudia esta maestría se debe contar con mucha disciplina, entrega y gran responsabilidad.

Maestrías como esta tienen un gran reto: ¿cómo hablar de temas tan dolorosos para muchas, por ser mujeres, sin lograr poner la distancia adecuada para dejar la pasión o para poder llevar a buen fin esos grandes temas que al mismo tiempo se cruzan con la vida privada, con el espacio privado (maravilloso término acuñado por el feminismo)? Vaya, ¡cuánta subjetividad, emociones y realidad atraviesan el ser mujer! ¡Cuánta subjetividad, emociones y realidad atraviesan la existencia de esta maestría!

Ser feminista y ser mujer es algo que se aprende a defender teóricamente gracias a la formación obtenida en esta maestría. Benditas sean las mujeres que tuvieron el valor y el coraje de salir a las calles a pedir justicia por el dolor de las mujeres. Por eso mismo me parece reivindicable el corazón y los sentimientos de las mujeres. Como dijese Leonardo Boff, un filósofo teólogo de la liberación: el corazón también debería tener derechos. En ese sentido, reivindico al otro, a la otra que sufre y que ocupa algo de compasión por venir de donde viene.

Por ello, la tarea para el feminismo es una tarea dura, y para el feminismo en la academia lo es aún más. Estando en la academia tenemos el poder de estar donde han estado ellos siempre, y al mismo tiempo tenemos la oportunidad de ser igual de crueles, elitistas y discriminadoras con otras mujeres, con otros hombres, con otros seres humanos, o hacer una ciencia desde el corazón, desde el alma, desde ver al otro, a la otra, atravesada por su clase social, por su raza, por su etnia, por su origen, por su familia. Y es que la academia es así. A la universidad entran dos de cada cien, y de estos dos solo 0.5 son mujeres. Al posgrado llega uno de cada cien, y de este uno, ni una cuarta parte son mujeres. El reto es complejo en una sociedad elitista, discriminadora, que lacera, que deja fuera, que excluye; las mujeres lo sabemos muy bien, pues nacimos siendo 52% de la población; no obstante, por ser mujeres se tienen las de perder.

Entre mujeres podemos ejercer poder o empatizar, porque en los lavaderos, en el río, en el molino del nixtamal o en la empresa o en la dirección de la academia, las mujeres tenemos algo en común: padecemos discriminación por el solo hecho de ser mujeres. En este sentido, sabemos que ser madres nos sigue representando una gran desventaja; sabemos que el trabajo del hogar lo tenemos que sacar adelante nosotras, con las propias manos o con la vigilancia de otra mujer, las nada reconocidas trabajadoras del hogar. Con todo esto, el gran reto es unirnos, saber y poder ser hermanas de la misma causa.

En este sentido, veo que hacia las mujeres hay mucho miedo. Ese miedo histórico que emana, quizás, de nuestra condición biológica, pues las mujeres podemos parir y menstruamos, benditos dones biológicos que socialmente nos han excluido y colocado en los grandes mitos, mitos que se han traducido en dolor, discriminación, ignorancia y violencias. Entonces, con base en ese miedo y esos mitos se nos encasilla en las santas, las putas, las puras, las malas, las tiernas o las que “nadie entiende”.

Pero ese miedo no solo existe de parte de los hombres, también de las otras mujeres. Sí, ¡las mujeres nos tenemos miedo! Es como si la otra fuese una amenaza, como si al verla -conocida o desconocida, cercana o lejana a mi círculo- tuviéramos que leer/la ¿quién será?, ¿cómo será?, ¿tendrá un rango superior, inferior o igual al mío?, ¿querrá hablarme, convivir conmigo? En resumen, ¿será una amenaza para mí? Entonces no cruzamos palabra, o la cruzamos para “medirnos”. Hemos aprendido muy bien que la competencia es necesaria para subsistir.

Creo que falta compasión y empatía acerca de cómo somos con nosotras mismas y con las demás en la convivencia del día a día. Dicho conocimiento nos podría llevar a ser más sororarias y menos crueles, tanto con nosotras mismas como con las demás. Por ello, considero fundamental que las mujeres conectemos con lo que sentimos para intentar entender a la otra, incluirla, apapacharla o dejarla ser. No podemos ser presas de lo mismo que juzgamos. Defender y reivindicar el feminismo, como teoría, como pensamiento, pero más aún como sentimiento, es fundamental, pues el feminismo es algo que si no se siente, es difícil creer en él.

Ojalá muchas más mujeres pudieran ingresar a esta maestría, que hubiera más posgrados de este tipo, que más pudieran mantenerse en ellas, que más pudieran formar parte de este pacto de mujeres feministas que todas sabemos, entendemos por el solo hecho de nacer siéndolo.