He decidido desenamorarme (decretos mágicos de sanación)

Por Raquel Ramírez Salgado


Tras un recorrido que la columnista hace de su biografía amorosa, reflexiona sobre lo que es el amor genuino: sinónimo de cuidado y reciprocidad, construido sin sufrimiento ni súplica y compartido en libertad.



Una de estas tardes me acosté sobre mi cama. Estaba fatigada y no solo por la gran carga de trabajo que tengo, sino porque mi mente estaba cansadísima de pensar, de buscar explicaciones… respuestas que tal vez nunca lleguen, y que, a lo mejor, no es necesario que lleguen.

Parte de esta fatiga mental se relaciona con la frustración por mi experiencia amorosa. Recurriendo a mis apuntes y claves feministas, hice un recorrido al apartado más reciente de mi biografía amorosa.

Horrorizada, me di cuenta de que mi vida amorosa comenzó, de manera “formal”, a los 12 años… ¡sí, a los 12 años tuve a mi primer novio! ¿Cómo es que una niña de 12 años tiene preocupaciones de este tipo a tan corta edad? Y vaya que ese noviazgo fue tormentoso. Comencé a hacer cuentas… ahora tengo 37 y, sí, he pasado 25 años de mi vida invirtiéndole al amor romántico. Y es que el conteo no termina ahí. Resulta que el cálculo me llevó a descubrir que, de esos 25 años de biografía amorosa, he pasado solo cinco años soltera. Y se pone aún mejor: claro, cinco años como soltera, pero pensando en alguien más, viviendo desamor y desilusiones. Total, que, mi soltería en paz, sin sufrir por nadie, se redujo a la miserable cantidad de un año.

Desde hace dos años soy soltera. Después de haberme divorciado supuse que nunca más me emparejaría. Recuerdo con gracia que, por momentos, y derivado de un duelo profundamente doloroso, supuse que, incluso, jamás volvería a besar a nadie más (ya sé, el dolor nubla la perspectiva). Poco tiempo después, confirmé mi equivocación. Estos dos años han sido trágicos, divertidos, reveladores, dulces, amargos, agridulces. Me enamoré una vez, pero pronto pasó, porque solo fue un amor de transición, además, en otro país. Ahora solo recuerdo ese episodio con cariño, alegría y agradecimiento.

Alguna vez hablaba por Facebook con una ex amiga y ella me decía que me animara, que pensara en alguien que me gustara mucho para que, cuando volviera a México (yo estudiaba en otro lugar en ese momento), iniciara “un amor bonito”.

La verdad, no me costó trabajo decidir. Y aquí es donde comienza la parte problemática. Por cierto, no me importa que quien lea esto piense que soy una idiota. Seguro que no faltará quien se ría de mí o que quiera darme clases sobre cómo ser una feminista “perfecta”. Seguro me juzgarán. Pero, no me importa. Lo personal es político. Yo comparto con el afán de sanar colectivamente, de que las palabras hagan su mágico trabajo y corten ataduras.

Decía que tenía un candidato. Volví a la Ciudad de México. Se presentó el pretexto perfecto. Nos vimos, nos abrazamos. Era un evento público. Lo que él no sabía era que alguna vez, como un año antes, mientras estaba formada para entrar a un concierto, lo vi pasar. Seguro iba caminando hacia el metro. Yo estaba con una amiga, la verdad es que dejé de prestar atención a lo que platicábamos. Lo seguí con la mirada; sonreí, deseé que pudiera verse a sí mismo tal como yo podía verlo, porque solo así comprendería lo que siento (sentía) por él. Recuerdo que lucía sonriente. Mi amiga me preguntó qué veía, le dije que “ahí iba quien me gustaba tanto”. A veces me preguntaba cómo sería hablar con él, qué le gustaba, cómo se reía. Solo habíamos coincidido por cosas de trabajo. Justo ahora que escribo esto, me doy cuenta de que me enamoré de él justo cuando lo vi caminar por la calle. Sí, me dejé llevar por esa sensación tan vibrante… mi entonces relación amorosa agonizaba y era necesario aferrarse a la esperanza. Es alentador saber eso, porque cuando conoces el origen de algo, puedes saber cuándo terminará.

Busqué más pretextos. Me salieron bien los planes. Una vez nos reunimos para seguir con asuntos de “trabajo”. Me di cuenta de que su letra es bonita. Lo que siguió fue también bonito. Había señales, por eso me sentí correspondida. Como no me gusta la incertidumbre, decidí confesar. Lo hice con mucha torpeza; dije algo así como: “¿Acaso crees que yo perdería mi tiempo con un heterosexual que no me gusta?”. Por supuesto, recibí una cara llena de confusión, luego de sorpresa. Pero, sí fui correspondida. Al menos eso pensé.

Evidentemente, estaba feliz. Lo que siguió no fue tan bonito. De hecho, fue bastante feo. Se presentó algo… mentiras, descuido. Decidí alejarme. Seguía pensándolo. Muchas cosas seguían vinculándonos. Seguía pensándolo. Regresábamos a lo que teníamos. Aunque, haciendo una retrospectiva con mucha honestidad, parecía que eso que teníamos era nada, pero para mí era mucho.

Una noche, llegué a casa. Igual, muy cansada. Me quedé dormida sin darme cuenta. Horas después, en la madrugada, desperté sollozando, y supe que estaba soñando con él. Los sollozos se tornaron en llanto cuantioso y profundo.

Estoy harta. No me harta no ser correspondida. Lo que me harta es ser engañada. Estoy agotada de la indiferencia y la tiranía digital (una cosa es la distracción y otra la reiteración de que no me importa responder un simple mensaje). Cuando yo no quiero a una persona, se lo digo y me voy. No soporto la idea de ser un parásito emocional, que se alimenta del desamor ejercido.

No hay tregua. No debe haber autoengaño. El cariño genuino es sinónimo de cuidado. Le he dicho que le quiero, que estoy enamorada de él, y aunque él no siente lo mismo por mí… bueno, no sé si decir que sigue a mi lado, porque, en realidad no está.

Este fin de semana soñé que estaba dentro de un salón. Algo o alguien quería entrar y yo impuse mi mano y le gritaba enérgicamente que tenía prohibida la entrada. En el umbral del sueño y la vuelta a la realidad, sentí como si unas manos rasposas, muy rasposas, quisieran tomarme por el cuello y apretarme. Desperté agitada. Me senté en la cama y me di cuenta de que el momento de partir había llegado. Pero no me voy enojada, me voy agradecida porque me di cuenta de que, a pesar de todo lo que he pasado, mi corazón no está cerrado y es capaz de amar. Me voy triste, pero alegre. Estoy segura de que seremos grandes compas, porque él es una gran persona. Lo digo de verdad.

Y regreso al tema de la soltería en paz: ¿qué demonios se sentirá que nadie te guste? ¿Qué se sentirá llenar mi ser con mi sola presencia?

Me he puesto como tarea responderme esas preguntas. Las preguntas que ya no me interesa responder son las que están ancladas en los lugares comunes: ¿por qué no me quiere? ¿Por qué no fui yo? ¡Qué importa eso! Es lo que es o lo que no es. Y no me apetece tampoco reducir las respuestas a la mera masculinidad tóxica y hegemónica. ¡Qué va! Ya ni descifrar ese “enigma” me importa. Repito: es lo que es o lo que no es, y eso, también es.

Por supuesto que el fin de algo duele, pero han sido los 14 meses más jodidos y radiantes que ya no puedo permitirme.

Solo romperé mi pacto de soltería cuando haya reciprocidad. Y más aún, solo compartiré el placer, la alegría, el cariño, los besos desde la reciprocidad. Y me parece que, de no haber tomado esta decisión, estaría en riesgo de perder experiencias mágicas y hermosas que comienzan ya a dibujarse. Rechazo y renuncio a cualquier práctica amorosa que implique sufrimiento. El amor no se suplica. El amor no se sufre. El amor se construye y se goza junto a quienes deciden compartirlo en libertad. Lo personal es político.

Eso era, como alguna vez escribió Borges, lo que deseaba decirles. Después de todo, querer a alguien que no te quiere es muy agotador. Y eso, estoy agotada. Sin embargo, estoy consciente de la responsabilidad que tengo conmigo y de que debo procurarme bien. Enamorarse y desenamorarse son decisiones éticas y políticas.