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La edad de oro. La plenitud de los cincuenta y más





Por María Esther Espinosa Calderón y Socorro Martínez C.
Periodista, ha colaborado en diversos medios, entre ellos el Uno más Uno, Mira, El Universal, Etcétera, 'Triple Jornada' del periódico La Jornada, y en la revista Fem. / Comunicóloga, egresada de la FCPyS, UNAM. Ha sido colaboradora en diversas revistas y periódicos; y jefa de Prensa y Difusión en SARH, INEGI y Editorial Océano. Actualmente se desempeña como correctora de estilo en diversas casas editoriales.

El cambio en el físico de las mujeres, el emblanquecimiento del cabello, la disminución de agilidad, no hacen referencia a una mujer vieja; sí, los cincuenta han llegado, pero eso es significado de madurez, sabiduría; la autora expresa esa aceptación que debe existir en todas al momento en que llega la edad de oro.

Al mirarme al espejo vi que mi rostro ya no tenía la lozanía de tiempo atrás. Mi pelo, que sin recurrir al tinte, estaría completamente blanco. Me desconocí a mí misma, como si al verme estuviera frente a otra persona, quizá mi madre años atrás. Me pregunté ¿dónde quedé yo, dónde mí juventud? Mi mirada era diferente, alrededor de mis ojos se iban agudizando lo que las cosmetólogas, cosmiatras y los cirujanos plásticos llaman "líneas de expresión", implacables "patas de gallo" que anuncian en esas minúsculas grietas una realidad lacerante por más que sea ineludible: el envejecimiento. Mi cara empezaba a reflejar los años vividos, sin embargo, como a muchas y muchos nos pasa, me pegó en la vanidad, aunque al poco tiempo llegó la aceptación: había llegado a los cincuenta y un poquito más.

La delgadez de mi cuerpo también se había ido, ahora sus formas otrara bien delineadas daban paso a la redondez. No gorda, pero sí "llenita", dijeran por ahí. Todo era gracias al cambio de metabolismo, al hipotiroidismo que llegó silenciosamente, sin darme cuenta. El espejo no miente, refleja la realidad del paso del tiempo.

No sólo eran las llamadas "arruguitas", para que no se oiga tan feo, también era el aumento de peso, que venía acompañado de la menopausia, una etapa más de la vida que hay que afrontar con naturalidad, con ella no se acaba el mundo, debemos conocerla, aceptarla y saber cómo vivirla: comiendo bien, haciendo ejercicio, si fuera necesario y si el médico (a) lo indica con una terapia de remplazo hormonal que evite (para algunas, porque para otras pasan desapercibidas) las típicas molestias: bochornos, sudoración, depresión, irritabilidad, dolor de cabeza, resequedad vaginal, insomnio, obesidad, entre otras.

Tendría que aprender a vivir este momento, como aprendí en la niñez y en la adolescencia, ya lo dijo en su poema Amado Nervo "... Cierto, a mis lozanías va a seguir el invierno: ¡más tú no me dijiste que mayo fuese eterno!". Aunque para algunas personas, no represento la edad que tengo, eso es un halago, vivimos luchando contra el paso del tiempo, aunque no se quiera.

Escuchaba por ahí: después de los cincuenta "lo que no te duele te rechina", o la otra: "si amaneces y no te duele nada es que ya estás muerta", "ya llegamos a la edad de los nuncas", o a la de la "paz, ¡sí, de la pastilla para esto, la pastilla para lo otro!". Pensé que era un panorama negro, que con todo y mis "profundas arruguitas" o mis "patas de guajolote" había cosas buenas y deliciosas como darle rienda suelta a mi sexualidad sin tener que cuidarnos mi marido y yo, para evitar un embarazo, además los dos estamos envejeciendo juntos. Tenía y tengo cuerda para sentirme bien, toda una vida que disfrutar. Mis arruguitas que podían ser zurcos, mis canas pintadas, mis lonjitas, son reflejo del tiempo y las experiencias vividas. Además mi corazón sigue siendo joven.Ya no soy una gacela para correr (nunca lo fui), pero la vida me da la oportunidad de caminar junto con la persona que amo, junto con mis hijos, haciendo lo que me gusta, trabajando, conviviendo con mis amigas y mis amigos.

En estos tiempo que se le da tanta importancia a la belleza y la banalidad, que actrices o personas conocidas de la misma edad han trasformado su cara con botox, con nuevas técnicas o con cirugías que las ha dejado sin expresión, con caras acartonadas, a veces diferentes a quienes eran; pensé, " ¡qué bueno! que no tengo el dinero, ni las ganas, ni la convicción de aumentar los bolsillos de los cirujanos, ni las estadísticas de mujeres que recurren a ese tipo de tratamientos".

De acuerdo con datos de la Secretaría de Salud (Ssa), México ocupa el segundo lugar en número de cirugías estéticas en América Latina, sólo después de Brasil. Desde temprana edad las jovencitas están preocupadas por transformarse físicamente, ya no esperan signos de deterioro ni se preocupan por conservar su fisonomía, sino quieren ser otras, resarcir lo que no les gusta, dejar de ser quienes son y adquirir lo que anhelan ser. En lugar de su fiesta de 15 años, o de un automóvil, o de cualquier regalo, prefieren una operación que aumente sus senos, resalte sus caderas, reduzca su cintura, obviamente, aquellas que pueden, que cuentan con los recursos para hacerlo.

Cada arruga, "cada zurco", cada cana, es señal de que estoy viva en constante evolución. Quedó atrás el mito con el que vivieron nuestras abuelas o nuestras madres, que después de los cincuenta ya no había otra vida; que era el momento en que la juventud llegaba a su fin, que no quedaba más alternativa que cuidar nietos, engordar, pasar a segundo plano, que empezabas a convertirte en una anciana. De acuerdo con la periodista española Rosa Villacastín, que menciona en su libro Hay vida después de los cincuenta: "me niego a seguir hablando de mujeres de mi edad como si fuéramos las momias de Tutankamon". [1] No, somos mujeres de carne y hueso, con una arruguita por ahí, con celulitis por allá, con unos kilos de más por acá, aunque tengamos nietos (yo sólo "sobrinietos" y "sobrinietas" a los y a las que adoro), aunque seamos suegras, aunque ya no corramos, ni brinquemos, ni demos el salto del tigre, somos emprendedoras y tenemos un gran futuro por delante.

Villacastín asegura que hace "tres generaciones las mujeres que llegaban a los cincuenta habían alcanzado la decadencia emocional, profesional, sentimental y física de sus vidas". Estaban programadas para crear un nido en el que dar continuidad a la institución familiar: buscar un marido, tener unos hijos, educarlos, alimentarlos, comprenderlos. Llegados los cincuenta y con una esperanza de vida de ochenta y tantos, la misión socializadora había acabado y esa mujer entregada a la institución sufría lo que los psicólogos llaman "depresión del nido vacío", cuando los hijos se van y se queda solamente la pareja en el hogar, o muchas veces ya ni la pareja está, agudizando así esa soledad.

Los tiempos cambian, las mujeres contemporáneas que tienen cincuenta o más trabajan, estudian, se cuidan, buscan la forma de mantenerse física y mentalmente. Aunque no se podría generalizar, hay mujeres con esta edad que viven una vida de privaciones, de violencia, de sometimiento, de ignorancia, de pobreza. Las que tienen la oportunidad, ya no son como nuestras abuelas o nuestras madres (claro que hay excepciones, de mujeres que se salieron del patrón, que fueron ejemplo de vida y de profesionalismo, que vivieron adelantándose a su época).

"Una mujer a los cincuenta años está simplemente en la flor de la vida. Gracias a los avances médicos y tecnológicos, la esperanza de vida ha aumentado considerablemente y no hablemos de lo mucho que se ha prolongado la edad fértil de una mujer. Además, las expectativas sociales de una mujer madura siguen intactas. Por fin, la edad también es un grado para la mujer y los cincuenta años son cada vez menos sinónimos de flacidez existencial y más de perspectivas de futuro". [2]

A darle que es "mole de olla", a vivir lo mejor posible, la vida no se acaba después de los cincuenta; la vida, al menos desde la perspectiva de lo que los años nos han enseñado para identificar verdaderamente lo que deseamos vivir, apenas comienza para muchas y bien vale la pena cosechar esos jugosos frutos, quizá los más sabrosos que hayamos probado.

Notas:

[1] Villacastín, Rosa, Hay vida después de los cincuenta , España, Grijalbo, 3ª edición, pág. 18.
[2] Villacastín, Op. Cit.









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